
El término de una relación no implica únicamente separarse de otra persona. También puede significar perder proyectos, rutinas, códigos compartidos y una parte de la identidad construida durante la vida en pareja.
Esa fue una de las principales reflexiones del nuevo capítulo de “Ni contigo ni sin ti”, programa de El Periodista TV conducido por Montserrat Martorell, que contó con la participación de los psicólogos Jorge Norambuena y Catalina Celsi.
La conversación abordó por qué algunas rupturas se viven como una muerte, cuánto puede durar un duelo amoroso y qué consecuencias puede tener intentar silenciar el sufrimiento sin procesar la pérdida.
“Cuando uno pone un amor en otro, también pone cosas de sí mismo”, explicó Celsi. La psicóloga sostuvo que una relación crea un mundo compartido compuesto por conversaciones, bromas, costumbres, formas de relacionarse y pequeños actos cotidianos.
Por eso, añadió, cuando el vínculo se termina “no solamente es la persona lo que ya no está”, sino que deja de existir una determinada forma de vivir y ocupar un espacio dentro de la propia historia.
¿Qué se pierde de uno mismo?
Norambuena planteó que una de las preguntas centrales del duelo no debería limitarse a “qué perdí del otro”, sino que también tendría que incluir “qué perdí de mí mismo” con esa separación.
Según explicó, la persona se involucra emocional y corporalmente en una relación. La ruptura puede, por tanto, manifestarse mediante presión en el pecho, alteraciones del sueño, angustia, cansancio o dolores físicos.
“El cuerpo habla”, señalaron durante la conversación, destacando que las somatizaciones pueden aparecer cuando el dolor no logra expresarse mediante palabras o rituales que ayuden a reconocer lo perdido.
Los especialistas advirtieron que el proceso no necesariamente avanza de manera lineal ni se ajusta estrictamente a las conocidas etapas de negación, rabia, negociación, tristeza y aceptación.
Aunque estas categorías pueden servir para orientar, cada persona atraviesa la pérdida de una manera distinta.
El duelo no se rige por el reloj
Otro punto central del capítulo fue la diferencia entre el tiempo cronológico y el tiempo emocional.
Celsi explicó que el duelo suele describirse como un proceso que debería estar elaborado después de aproximadamente dos años. Sin embargo, aclaró que ese plazo es relativo y no determina automáticamente que una persona haya dejado atrás una relación significativa.
Norambuena sostuvo que el proceso depende de determinados movimientos internos que permiten asumir la pérdida y abandonar la espera. Esos cambios pueden producirse después de seis meses, dos años o un período considerablemente mayor.
“No tiene que ver con el tiempo del reloj, sino con tiempos lógicos”, afirmó.
Montserrat Martorell complementó la reflexión recordando un pasaje de la novela “Lo bello y lo triste”, del escritor japonés Yasunari Kawabata, acerca de cómo el tiempo transcurre de manera diferente para cada ser humano.
La conductora señaló que, aunque es posible acompañar, aconsejar y sostener a quien enfrenta una ruptura, finalmente cada persona transita su dolor con sus propios recursos y en su tiempo íntimo.
La presión por recuperarse rápidamente
Los participantes cuestionaron la exigencia contemporánea de retomar cuanto antes el trabajo, encontrar una nueva pareja o demostrar que la separación ya fue superada.
Norambuena planteó que la cultura actual y el énfasis en la productividad dificultan detenerse para procesar una pérdida. A su juicio, elaborar un duelo requiere hablar, escuchar, llorar y, en ocasiones, guardar silencio.
“Los psicólogos no estamos llamados a decirle todo el tiempo cosas al otro. A veces, el acompañamiento consiste en permitir que alguien pueda vivir un poco de su dolor en silencio”, explicó.
El especialista también destacó la importancia que antiguamente tenían los rituales sociales vinculados al duelo, como el luto, las ceremonias y otros gestos colectivos que permitían reconocer públicamente una pérdida.
La desaparición de esos espacios podría contribuir a que el sufrimiento quede encerrado y termine expresándose mediante síntomas físicos, decisiones impulsivas, consumos compulsivos o cambios repentinos que no han sido reflexionados.
No toda tristeza es una enfermedad
Celsi advirtió que existe una tendencia a patologizar emociones que forman parte esperable de un duelo.
Sentir tristeza, rabia, angustia o desconcierto después de una separación no significa necesariamente padecer un trastorno. En algunos casos, esas emociones constituyen una respuesta saludable frente a una pérdida importante.
Los participantes aclararon que los medicamentos son necesarios y beneficiosos cuando existe una indicación profesional, pero cuestionaron su utilización como una forma automática de evitar cualquier experiencia de pena o ansiedad.
Martorell recordó el caso de la artista francesa Sophie Calle, quien convirtió una ruptura sentimental en la exposición “Cuídese mucho”. Dentro de esa experiencia, una psiquiatra se negó a medicar una tristeza que debía ser vivida y procesada, en lugar de ser tratada inmediatamente como una enfermedad.
Detenerse para elaborar la pérdida
El capítulo concluyó con un llamado a recuperar la pausa como parte indispensable del duelo.
Los especialistas señalaron que acceder a información, consejos, libros o fórmulas puede ayudar, pero no reemplaza el trabajo emocional necesario para comprender lo ocurrido.
“No hay que confundir tener más información con resolver los problemas”, sostuvo Norambuena.
La conversación dejó como idea principal que el duelo amoroso duele porque en la relación existieron amor, deseos, proyectos e identidad compartida. Superarlo no significa borrar a la otra persona ni negar lo vivido, sino integrar la pérdida y encontrar una manera distinta de continuar.
“Ni contigo ni sin ti” es conducido por Montserrat Martorell y se transmite a través de las plataformas de El Periodista TV.
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