
La memoria suele comenzar con un detalle menor: una calle extrañamente vacía, un autobús que no pasó, una llamada demasiado temprano, el ruido de los aviones o una voz interrumpida por la estática.
Después viene lo demás.
El martes 11 de septiembre de 1973 no comenzó de la misma forma para todos los chilenos. En Valparaíso, la Armada ya ocupaba las calles cuando Santiago apenas despertaba. En La Moneda, Salvador Allende intentaba comunicarse con los comandantes de las Fuerzas Armadas. En las casas, las familias movían frenéticamente los diales de las radios buscando noticias. En universidades, oficinas y fábricas, miles de personas salieron a trabajar sin saber que regresarían —si lograban hacerlo— a un país distinto.
Con el paso de los años, numerosas figuras públicas han respondido una pregunta sencilla y a la vez imposible: ¿dónde estaba usted el día del golpe?
Sus testimonios no forman una sola historia. Son piezas de una memoria fragmentada: el palacio incendiado, la ciudad silenciosa, las primeras detenciones, la incredulidad observada desde el extranjero y el instante preciso en que una vida quedó dividida entre un antes y un después.
Isabel Allende: Santiago se había quedado sin ruido
La escritora Isabel Allende salió temprano de su casa. Sus hijos caminaron hacia el colegio y ella condujo hasta la oficina donde trabajaba. Algo, sin embargo, no encajaba: las calles estaban casi vacías, había personas esperando buses que nunca aparecían y vehículos militares se desplazaban por la ciudad.
En la entrada del trabajo, el cuidador le dijo que se fuera. Había un golpe de Estado.
Allende buscó un teléfono para pedir que retiraran a sus hijos del colegio. Luego se dirigió al centro de Santiago para encontrar al marido de una amiga. Cerca de La Moneda alcanzó a escuchar por radio las últimas palabras del Presidente. Después vio los aviones, el humo y las llamas.
“No podíamos creer lo que estaba ocurriendo”, recordó medio siglo después en una entrevista con The New Yorker.
La escena quedó transformada en una de las frases más precisas de su memoria autobiográfica:
“Aquel lejano martes de 1973, mi vida se partió en dos”
Durante los días siguientes, Santiago quedó sometido al toque de queda, la censura y los rumores. La escritora permanecería en Chile hasta 1975, cuando partió al exilio en Venezuela. Llevó consigo un puñado de tierra chilena y una historia que, años más tarde, comenzaría a convertir en literatura.
Isabel Allende Bussi: entrar a La Moneda para despedirse
A Isabel Allende Bussi la despertó una llamada de Patricia Espejo, funcionaria de la Presidencia. Su padre ya se encontraba en La Moneda y la sublevación militar avanzaba.
Subió a su pequeño Fiat 600 y condujo hasta el centro de Santiago. Llegó al palacio poco antes de las nueve de la mañana. Allí encontró a Salvador Allende acompañado por ministros, asesores, médicos, periodistas y miembros de su seguridad personal.
El Presidente explicó a sus hijas que no renunciaría. Quería que salieran antes del bombardeo, pero ellas se resistieron. Isabel y su hermana Beatriz abandonaron finalmente el edificio junto con otras mujeres, por orden directa de su padre.
El relato, recuperado posteriormente por Isabel Allende Bussi en su libro 11 de septiembre: esa semana, tiene el carácter de una despedida que nadie quiso reconocer como tal mientras ocurría. Esa mañana no solo dejó a su padre dentro del palacio: dejó atrás el mundo político y familiar que había conocido.
La frase que atraviesa su testimonio es tan íntima como histórica:
“Fue la última vez que vi a mi padre”
Su experiencia ha sido recogida en diversos perfiles y reconstrucciones, entre ellos el testimonio publicado por The Nation.
Sergio Bitar: “Se me destruyó el mundo”
Sergio Bitar era ministro de Minería del gobierno de la Unidad Popular. La mañana del golpe escuchó las informaciones sobre la sublevación y comprendió que las Fuerzas Armadas lo buscaban.
En vez de intentar escapar, se presentó voluntariamente después de que su nombre fuera leído en una proclama militar. Fue detenido, trasladado a la Escuela Militar y posteriormente enviado al campo de prisioneros de isla Dawson. Permaneció cerca de un año privado de libertad y luego partió al exilio.
Más de medio siglo después, en conversación con Francisco Martorell en el programa Lo Justo y Necesario de EPTV, resumió el impacto de aquella jornada con una frase que no necesita contexto adicional:
“El 11 de septiembre se me destruyó el mundo”
Bitar explicó que no solo perdió un cargo o un proyecto político. Se derrumbaron sus referencias, sus amistades, su vida cotidiana y la idea de Chile en la que había crecido. El golpe, en su memoria, no terminó al caer La Moneda: continuó en la prisión, en Dawson y en los años de exilio.
Raúl Zurita: detenido antes de que amaneciera por completo
Raúl Zurita tenía 23 años y estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad Técnica Federico Santa María. Cerca de las seis de la mañana caminaba por Valparaíso cuando fue detenido por una patrulla militar.
La ciudad portuaria había sido ocupada antes que Santiago. Zurita fue conducido al Estadio de Playa Ancha y, días después, trasladado a las bodegas del carguero Maipo, utilizado como centro de detención e interrogatorios.
En uno de sus recuerdos más duros describió el viaje en un camión militar. Los prisioneros iban amontonados, boca abajo, unos sobre otros.
“Todos nos gritábamos, los unos a los otros, pidiéndonos perdón”
Zurita afirmó que aquella fue una de las imágenes más fuertes de su vida. Su testimonio, entregado durante una actividad conmemorativa en la misma universidad donde estudiaba en 1973, fue recogido por Swissinfo.
La experiencia del golpe atravesaría toda su poesía. En sus versos, aquel día aparece como un “roto amanecer”: el momento en que una biografía individual se confundió para siempre con la historia de Chile.
Carlos Berger: mantener la radio en el aire
En Chuquicamata, el teléfono sonó a las cinco y media de la mañana. El periodista y abogado Carlos Berger, director de Radio El Loa, recibió la noticia: el golpe había comenzado.
Berger llegó temprano a la emisora, reunió al personal e inició las transmisiones habituales. Los boletines, construidos con informaciones radiales y llamados desde Santiago, fueron relatando el avance de la sublevación.
Cerca de las diez de la mañana, el comandante militar de Calama le ordenó suspender las emisiones y presentarse ante las nuevas autoridades. Berger pidió a sus trabajadores que regresaran a sus casas, pero él permaneció en la radio y la mantuvo al aire.
Los militares ocuparon la emisora y lo detuvieron.
Procesado por un consejo de guerra, recibió una condena de 60 días por no obedecer la orden de silenciar la radio. Su esposa, la abogada Carmen Hertz, asumió su defensa. Cuando parecía próxima su liberación, Berger fue sacado de la cárcel junto con otros prisioneros y asesinado el 19 de octubre por la comitiva de la Caravana de la Muerte.
La última advertencia que pudo hacerle a Carmen resume el terror que se había instalado en Calama:
“Sacaron a la mitad de los compañeros”
La historia del periodista, reconstruida durante décadas por Hertz y su hijo Germán Berger, convirtió aquella transmisión interrumpida en símbolo del periodismo que se negó a guardar silencio.
Sebastián Piñera: las bombas vistas desde Harvard
Mientras La Moneda era atacada, Sebastián Piñera comenzaba sus estudios de posgrado en Estados Unidos. El golpe coincidió con su primer día de clases en la Universidad de Harvard.
Fue el economista Kenneth Arrow, futuro premio Nobel, quien le comunicó que los militares habían derrocado al gobierno chileno. Piñera regresó a su departamento y encendió el televisor.
“Vi imágenes que no podía creer”
Desde Boston observó los Hawker Hunter bombardeando el palacio presidencial, los tanques desplazándose por el centro de Santiago y los soldados patrullando con ametralladoras. “Lo recuerdo como si fuera hoy”, señaló en una entrevista concedida cuatro décadas después a La Tercera.
Su testimonio muestra otra dimensión de ese día: la de los chilenos que contemplaron la destrucción de la democracia desde miles de kilómetros de distancia, atrapados entre la información fragmentaria y la imposibilidad de regresar.
Años después, ya como Presidente, Piñera sostuvo que existieron “cómplices pasivos” de los crímenes de la dictadura: personas que sabían y no actuaron o que prefirieron no saber.
Hortensia Bussi: una familia dispersada
Hortensia Bussi, esposa de Salvador Allende, se encontraba en la residencia presidencial de Tomás Moro cuando comenzaron los ataques. La casa también fue bombardeada por aviones de la Fuerza Aérea.
Logró sobrevivir y debió abandonar Chile. El golpe la convirtió en viuda, empujó a sus hijas y nietos al exilio y destruyó la vida familiar que había construido durante décadas.
Muchos años después describió el 11 de septiembre con una frase donde la tragedia nacional cabe dentro de una casa:
“Recordar ese día para mí es una pesadilla”
“Hasta ese día yo tenía marido, tres hijas”, explicó. Después perdió a su esposo, a una de sus hijas y vio a sus nietos dispersarse por el mundo. Su testimonio fue recuperado en un perfil familiar publicado por El País.
El país recordado desde lugares distintos
Ninguno de estos testimonios contiene por sí solo el 11 de septiembre de 1973.
Isabel Allende lo recuerda desde una calle sin buses. Isabel Allende Bussi, desde los patios de La Moneda y la despedida de su padre. Sergio Bitar, desde la destrucción de su mundo político y personal. Raúl Zurita, desde el piso de un camión militar. Carlos Berger, frente al micrófono de una radio que se negaba a silenciarse. Sebastián Piñera, ante un televisor en Boston. Hortensia Bussi, desde una familia dispersada por el exilio y la muerte.
La memoria chilena está hecha de esas posiciones diferentes. También de silencios, contradicciones y recuerdos que cambiaron con el tiempo. Pero existe una coincidencia que atraviesa todos los relatos: quienes vivieron aquel martes comprendieron, antes de que terminara el día, que el país al que habían despertado ya no existía.
Durante décadas, Chile ha intentado reconstruirlo preguntando una y otra vez lo mismo:
¿Dónde estaba usted?
La respuesta nunca es solamente un lugar. Es una radio encendida, una puerta que se cerró, un padre que no regresó, un palacio incendiado o una imagen vista desde el extranjero.
Es el instante exacto en que la historia entró, sin pedir permiso, en la vida de cada uno.
La entrada El día que partió a Chile en dos: así recuerdan el golpe quienes lo vivieron se publicó primero en El Periodista.

