
Adriana Turk cruzó unos 14.000 kilómetros para abrazar a un primo cuya existencia había desconocido durante casi toda su vida. En agosto de 2026, cuando llegó desde Australia al aeropuerto Ben-Gurión, en Israel, Raanan Gidron la esperaba. Era la primera vez que se encontraban en persona. Detrás de ellos había una historia familiar atravesada por el exterminio, la huida y décadas de silencio.
Para Adriana, aquel viaje había comenzado mucho antes de comprar un pasaje. Comenzó en una infancia marcada por la sensación de que faltaba algo esencial en su casa, una ausencia que su padre nunca conseguía explicar.
«Crecí con una silenciosa y persistente sensación de vacío», escribió en el testimonio que compartió con MyHeritage, la plataforma de genealogía que la ayudó a reconstruir su historia.
Su padre, Hans Turk, conocido después como John, casi nunca hablaba de su vida antes de llegar a Nueva Zelanda. Adriana creció convencida, como él, de que la familia que había quedado en Europa había sido asesinada durante el Holocausto. El silencio también fue una herencia.
La familia que quedó atrás
Hans huyó de la Alemania nazi en 1937. Embarcó en Ámsterdam rumbo a Nueva Zelanda, buscando un lugar tan distante como fuera posible de la persecución. Su primera esposa, Betty Mendel, pudo reunirse con él.
Su madre, Ernestine, a quien llamaban Emmy, no consiguió hacerlo. Según el relato de Adriana, fue considerada demasiado mayor y sin conocimientos de inglés para emprender aquella nueva vida. Su marido, Julian, había muerto en 1926.
Cuando comenzó la guerra, el contacto con los familiares que permanecían en Europa se interrumpió. Después llegaron las noticias que Hans había temido: Emmy fue asesinada en el gueto de Varsovia en 1942. Su hermana menor, Herta, murió en Auschwitz en 1944, junto con su esposo y sus dos hijos, de nueve y trece años.
A esas pérdidas se sumó otra en Nueva Zelanda. Betty murió de cáncer en 1949. No habían tenido hijos.
En 1950, Hans se casó con Winifred Cartner, la madre de Adriana. Ella y su hermano nacieron poco después y crecieron junto a un padre que había formado una nueva familia, pero seguía llevando consigo la destrucción de la anterior.
Hans murió en 1990 sin saber que algunas ramas de su familia habían sobrevivido. Durante décadas, su hija tampoco lo supo.
El genocidio que deshizo familias enteras
El Holocausto, también llamado Shoá, fue la persecución y el asesinato sistemático de aproximadamente seis millones de judíos, perpetrado por la Alemania nazi y sus colaboradores entre 1933 y 1945.
La exclusión comenzó con leyes discriminatorias, despojos y violencia. Durante la Segunda Guerra Mundial, la persecución se convirtió en una política de exterminio, ejecutada mediante fusilamientos masivos, guetos, deportaciones y centros de asesinato.
El régimen nazi también persiguió y asesinó a millones de otras personas, entre ellas romaníes, personas con discapacidad, prisioneros de guerra soviéticos y opositores políticos.
En la historia de Adriana, esa dimensión inmensa tiene nombres propios: Emmy, Herta y sus hijos. También tiene las preguntas que quedaron sin respuesta después de la guerra y la convicción de un sobreviviente de que ya no existía nadie a quien buscar.
Una muerte y una búsqueda inesperada
La muerte de su hermano Julian profundizó la soledad de Adriana. Según relató, lo encontraron en una calle de Auckland en la Nochebuena de 2024. Vivía sin hogar y enfrentaba una adicción a las drogas.
Con su partida, Adriana perdió al último integrante de su familia directa y a la única persona con quien compartía los recuerdos de infancia. Desde Sídney, donde vive, sentía además que el temor por la seguridad de las personas judías volvía a acercar una historia que nunca había sido del todo pasado.
El dolor la impulsó a hacerse una prueba de ADN. No esperaba encontrar una familia numerosa. Buscaba, más modestamente, comprender sus orígenes.
Los resultados llegaron en septiembre de 2025. En la pantalla aparecieron decenas de coincidencias genéticas: parientes lejanos, apellidos y países que hasta entonces no había asociado con su propia vida.
Poco a poco comenzó a escribirles. Una conexión con un primo tercero en Alemania y con la madre de este permitió identificar una rama decisiva: la de Max Gusdorf, hermano de su abuela Emmy.
Max había sido asesinado en Sobibor en 1943. Sin embargo, tres de sus hijos sobrevivieron. Sus caminos los llevaron a Alemania, Brasil y al territorio que entonces era Palestina bajo mandato británico.
La historia familiar no había terminado donde Adriana creía.
Los nombres se convierten en personas
Uno de los hijos de Max, conocido después como Reuven Gidron, logró escapar de Alemania antes de la guerra. Se estableció en un kibutz y formó una familia. Su hijo Raanan era el primo segundo al que Adriana todavía no conocía.
Naama Lanski, investigadora de MyHeritage, ayudó a establecer el contacto. Raanan acudió a las oficinas de la compañía y, desde allí, ambos llamaron a Adriana.
La primera conversación ocurrió mediante una pantalla. Después llegó la decisión de viajar.
En Israel, Adriana conoció a otros familiares, compartió comidas y encontró parecidos que la conmovieron: en aquellos rostros nuevos reconocía rasgos de su padre. También pudo conversar sobre el Holocausto con personas cuyas vidas estaban atravesadas por las mismas pérdidas.
Aquello que había sido tan difícil de nombrar en su infancia comenzó a encontrar palabras y compañía.
Una memoria que ahora pueden compartir
El encuentro no borra los asesinatos ni devuelve los años durante los cuales ambas ramas familiares se desconocieron. Tampoco cambia el destino de Hans, que murió creyendo que los suyos habían desaparecido.
Pero sí transforma el presente de su hija.
Adriana pasó de sentirse la última integrante de su familia directa a conocer una red de más de 50 parientes. Ahora hay conversaciones por continuar y visitas por organizar: sus familiares israelíes tienen una invitación para viajar a Australia.
«He encontrado la vida: resiliente, expansiva y desafiante», escribió al recordar lo que había descubierto.
Durante décadas, la historia de su padre había llegado hasta ella envuelta en silencio. Hoy puede contarla junto a otros. Y donde antes solo imaginaba ausencias, hay una familia que responde.
La entrada El abrazo que el Holocausto no pudo borrar: dos primos recuperan una familia después de ocho décadas se publicó primero en El Periodista.

