
Entre la vegetación que crece en parcelas de agrado, terrenos baldíos y orillas de caminos puede esconderse una amenaza mortal: la cicuta (Conium maculatum). Sus hojas recuerdan al perejil y sus pequeñas flores blancas pueden parecer inofensivas, pero todas sus partes contienen sustancias tóxicas capaces de provocar una intoxicación grave.
Las lluvias y la humedad del suelo generan condiciones favorables para su crecimiento, especialmente en zanjas, bordes de canales y terrenos intervenidos. La especie está documentada en Chile desde Coquimbo hasta Los Lagos y también en el archipiélago de Juan Fernández.
El riesgo merece atención en propiedades rurales y sectores residenciales cercanos a cursos de agua. La cicuta se reproduce por semillas, que pueden desplazarse con el agua, los animales y las actividades humanas. Cuando encuentra condiciones adecuadas, puede formar agrupaciones densas y desplazar a otras plantas.
Una confusión que puede resultar fatal
La cicuta pertenece a la familia de las apiáceas, al igual que diversas plantas comestibles. Esa semejanza facilita errores al recolectar hierbas silvestres: sus hojas pueden confundirse con perejil y otras especies utilizadas en la cocina.
Entre sus características se encuentran los tallos lisos, sin pelos y huecos, con manchas violáceas; las hojas divididas, de contorno triangular, y las flores blancas agrupadas en forma de pequeños paraguas. Puede superar los dos metros de altura. Estas señales orientan su reconocimiento, pero una identificación casera no permite garantizar que una planta sea comestible. Tampoco se recomienda romperla o estrujar sus hojas para comprobar su olor.
La principal amenaza es la ingestión. Sus alcaloides, entre ellos la coniína, afectan la transmisión nerviosa y pueden desencadenar debilidad muscular, parálisis y dificultad respiratoria. La concentración de las toxinas varía, por lo que contar hojas o calcular una supuesta cantidad tolerable no constituye una medida de seguridad.
El niño que murió en Quillota
El peligro quedó dramáticamente expuesto en agosto de 2020, cuando se conoció la muerte de un niño de ocho años que había ingerido cicuta en el patio de su vivienda, en el sector Los Morrillos de Santa Olivia, en Quillota, Región de Valparaíso.
El menor fue atendido inicialmente en un servicio de urgencia de atención primaria y luego trasladado al hospital de la comuna debido a su gravedad. El caso mostró que la exposición puede ocurrir dentro del hogar, en un espacio cotidiano donde una planta silvestre pasa inadvertida entre otras malezas.
Ante la sospecha de cicuta, la primera medida es impedir que niños, mascotas y animales de crianza accedan al sector. No debe utilizarse como alimento, infusión ni remedio casero.
Su eliminación requiere precauciones. Para extensiones grandes conviene recurrir a personal con experiencia. La manipulación exige guantes impermeables, ropa que cubra brazos y piernas y protección ocular. Debe evitarse el uso de desbrozadoras que proyecten fragmentos y savia. No se debe quemar ni incorporar al compost, y los restos deben mantenerse fuera del alcance de personas y animales: la planta cortada o seca puede conservar su toxicidad.
Si aparece en espacios públicos, corresponde informar al municipio o al organismo responsable del terreno para coordinar su evaluación y manejo.
Qué hacer ante una posible intoxicación
Los síntomas pueden aparecer rápidamente e incluir vómitos, salivación excesiva, temblores, debilidad, confusión y dificultades para respirar. No existe un antídoto específico y los cuadros graves pueden requerir ventilación mecánica.
Ante una posible ingestión, se debe acudir inmediatamente a urgencias, sin esperar síntomas ni provocar el vómito. No deben administrarse remedios caseros. Una fotografía de la planta, obtenida sin exponerse, puede ayudar a identificarla.
En Chile, el Centro de Información Toxicológica de la Universidad Católica (CITUC) entrega orientación en el +56 2 2635 3800. Si la exposición afecta a una mascota o un animal de crianza, se requiere atención veterinaria inmediata.
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