
★★★★☆ (4 sobre 5)
Hay películas que uno termina de ver con la sensación de haber asistido a algo importante, aunque no necesariamente extraordinario. La Odisea, de Christopher Nolan, pertenece a esa categoría. Es una película grande, ambiciosa y técnicamente muy bien construida, pero deja una sensación extraña para tratarse de uno de los proyectos más esperados de un director que ha conseguido convertir el espectáculo cinematográfico en una forma de reflexión intelectual. Después de Oppenheimer, Dunkirk, Interstellar o Inception, uno espera que Nolan no solamente haga una película monumental, sino que consiga que esa monumentalidad tenga una imagen, una escena o una idea que permanezca dando vueltas en la cabeza mucho después de abandonar la sala. En La Odisea, eso ocurre menos de lo esperado.
El problema, en realidad, no es Nolan. El problema es Homero. Adaptar La Odisea significa enfrentarse a una obra que lleva casi tres mil años haciendo aquello que el cine todavía considera una proeza: combinar aventura, guerra, monstruos, erotismo, política, religión, violencia, humor, astucia y una historia de regreso al hogar que, pese a haber sido contada miles de veces, sigue funcionando. A eso hay que agregarle un pequeño detalle: todos conocemos el final. Y aun así funciona. Nolan lo sabe y por eso no intenta simplemente trasladar el poema a la pantalla. Lo interpreta, lo reorganiza y, en algunos casos, directamente lo contradice. La decisión es legítima, aunque no siempre resulte convincente.

Una película enorme que no siempre produce imágenes enormes
Desde el punto de vista visual, La Odisea resulta interesante, aunque me cuesta decir que sea espectacular en el sentido en que probablemente Nolan esperaba que lo fuera. La fotografía de Hoyte van Hoytema es rigurosa y cuidada, pero no termina de producir esa sensación de descubrimiento visual que uno podría esperar de una historia como esta. La decisión de filmarla con cámaras IMAX tiene una lógica evidente: Nolan quiere que el espectador no observe simplemente la Grecia homérica, sino que sienta que está dentro de ella. Hay paisajes, batallas y escenas marítimas que adquieren una dimensión considerable en una pantalla grande, pero el resultado no alcanza necesariamente un nivel de originalidad que permita decir que el director acaba de reinventar la representación cinematográfica de una épica griega. Entre nos, es imposible recordar fácilmente alguna escena y la locación respectiva sin un riguroso ejercicio de cariño y memoria.
El problema no es que las imágenes sean malas. Es que muchas veces son exactamente tan imponentes como uno esperaba que fueran. Y cuando el cine épico ya tiene detrás a Lawrence de Arabia, Ben-Hur o Gladiator, la vara queda bastante alta. Hay un mérito importante, eso sí, en la apuesta por locaciones reales, embarcaciones y efectos prácticos, en lugar de confiar exclusivamente en escenarios digitales. El mar y los paisajes tienen una presencia física que se agradece. Pero la autenticidad física de una imagen no garantiza que esa imagen se vuelva memorable.
Aquí aparece una paradoja interesante: el IMAX aumenta el tamaño de la experiencia, pero no necesariamente aumenta la potencia de las imágenes. Y existe otra contradicción: una película concebida como uno de los grandes espectáculos populares del año termina ofreciendo su experiencia óptima solamente a quienes pueden encontrar el cine adecuado para verla. Nolan quiere que vayamos al cine. Para verlo exactamente como quiere, primero hay que encontrar dónde.

Homero, Emily Wilson y el problema de adaptar lo conocido
La relación entre la película y la traducción de Emily Wilson permite entender mejor qué pretende Nolan y, sobre todo, qué decide sacrificar. Wilson publicó en 2017 una nueva traducción al inglés de La Odisea enfrentándose a varias convenciones que habían dominado las traducciones anteriores. Buscó mantener la velocidad y concisión del griego, trabajar con un verso regular y evitar que el traductor agregara explicaciones, adornos o juicios morales que no necesariamente estaban en Homero. Esto es particularmente importante en el tratamiento de las mujeres esclavizadas, que en traducciones anteriores habían sido descritas mediante términos moralmente peyorativos. Wilson cuestionó esas decisiones y optó por recuperar su condición de esclavas, evitando introducir una condena moral que el texto original no contiene.
La primera línea de su traducción es reveladora: “Tell me about a complicated man”. No comienza diciendo que Odiseo es un gran héroe, sino que lo presenta como un hombre complicado. Y esa palabra resulta fundamental. Nolan recoge parte de esa complejidad, pero la desplaza hacia un territorio que le resulta familiar: la culpa, el trauma, la responsabilidad y las consecuencias de las decisiones tomadas durante la guerra. Su Odiseo, interpretado por Matt Damon, es menos el gran embaucador de Homero y más un hombre que debe convivir con aquello que hizo. En Homero, Odiseo es un hombre de métis: inteligencia práctica, astucia y engaño. Nolan prefiere preguntarse qué ocurre con ese hombre después de haber utilizado todas esas capacidades para sobrevivir. Es una buena pregunta, pero no es la de Homero.
Por otra parte, la elección de una actriz negra – Lupita Nyong’o- para interpretar a Helena de Troya generó polémica y nada más. Es cierto que pretender resolver el asunto mediante un certificado racial de la Antigüedad sería una falacia elemental; no existe un registro histórico preciso de un personaje mitológico. Pero eso tampoco significa que el casting sea inmune a la crítica. La pregunta interesante es qué función cumple esta elección dentro de la película. Cada modificación necesita integrarse orgánicamente a la obra para que no parezca una decisión externa al relato. Ese aporte, acá, se vuelve casi irrelevante.
El héroe que piensa demasiado poco cuando aparecen los dioses
Aquí está lo más interesante. Odiseo destaca por su capacidad para anticipar movimientos, engañar enemigos y construir estrategias. En un mundo con protección divina, él tiene algo más moderno: capacidad para pensar. Sin embargo, cuando aparecen los dioses, esa inteligencia pierde eficacia. Odiseo aplica razonamiento estratégico ante problemas humanos, pero suspende ese mismo razonamiento cuando entra en contacto con lo sagrado. El héroe pierde cuando deja de pensar y comienza simplemente a creer.
Y es aquí donde la presencia de Atenea resulta problemática. Zendaya tiene presencia escénica, pero Atenea aparece demasiado debilitada como figura dramática. En Homero es una pieza fundamental de la inteligencia de Odiseo. Al reducir su peso, la película pierde una de las relaciones más interesantes del poema. Si Odiseo representa la inteligencia humana, Atenea representa una inteligencia divina que comprende mejor las reglas del juego.
En contraste, Anne Hathaway realiza uno de los trabajos más interesantes porque consigue evitar que Penélope sea simplemente la mujer que espera. Su personaje tiene inteligencia política, capacidad de observación y una comprensión precisa de las relaciones de poder en Ítaca. Mientras Odiseo enfrenta monstruos, Penélope debe mantener funcionando un reino. Utiliza el engaño, la estrategia y la administración de la información; su ardid del telar es una estrategia para ganar tiempo. Hay una ironía atractiva: el hombre que atraviesa el Mediterráneo porque cree saber cómo funcionan los dioses puede ser menos racional que la mujer que se queda en casa tratando de entender cómo funcionan los hombres.
La adaptación como argumento
Una adaptación no tiene que ser fiel; tiene que ser argumentativamente defendible. En La Odisea, Nolan puede defender muchas de sus modificaciones porque necesita convertir una obra episódica en una película con continuidad dramática. El sacrificio era inevitable, pero algunos sacrificios son más costosos que otros. Al disminuir la presencia de los dioses, Nolan hace que la película sea más accesible para el espectador contemporáneo, pero elimina la extrañeza fundamental de Homero. Al volver psicológico a Odiseo, reduce la ambigüedad moral del héroe. No es un error, es el precio de adaptar.
La Odisea es una película muy bien realizada, con un reparto extraordinario y una fotografía rigurosa, pero no es la nueva obra maestra de Christopher Nolan. Oppenheimer convirtió una biografía en un thriller moral; Dunkirk transformó una derrota en una experiencia temporal; Inception construyó acción alrededor de una idea filosófica. La Odisea tiene una ambición equivalente, pero su resultado es menos memorable porque Nolan está entrando en un mundo que ya existía. Homero es un adversario incómodo para cualquier guionista.
Aun así, Nolan encuentra su propia lectura en la culpa, la guerra y la contradicción del protagonista: Odiseo es capaz de sobrevivir porque piensa, pero se equivoca cuando deja de hacerlo. Quizás por eso Penélope termina siendo más importante de lo que parece. Ella no necesita derrotar monstruos; le basta con observar, interpretar y decidir cuándo hablar. Mientras Odiseo intenta descubrir qué quieren los dioses, Penélope intenta descubrir qué quieren los hombres. Y, en esta película, los segundos parecen ser bastante más fáciles de entender.
En ese sentido, Nolan no traiciona completamente a Homero. Simplemente le hace una pregunta muy contemporánea: ¿De qué sirve ser el hombre más inteligente del mundo si, cuando llegan los dioses, decides dejar de pensar? Misma pregunta que el director debiera hacerse cuando coquetea demasiado con el Vox populi, vox Dei y olvida, solo en parte, su talento excepcional.
Disponible en cines.
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