
Hay médicos que dejan una trayectoria escrita en publicaciones científicas, otros en los cargos que ocuparon y algunos en las instituciones que ayudaron a construir. Ernesto Behnke Gutiérrez pertenece a una categoría menos frecuente: dejó rastros en todos esos lugares, pero sobre todo en las personas y en una manera de entender la salud pública.
Su nombre quedó unido para siempre al Hospital Padre Hurtado. No de una manera protocolar. Behnke participó en la gestación del proyecto, estuvo ligado a su desarrollo y posteriormente lo dirigió durante más de una década. Tanto caló su presencia que uno de los principales auditorios del establecimiento lleva hoy su nombre.
Pero su historia había comenzado mucho antes.
Estudió Medicina en la Universidad de Chile y, recién formado, eligió un camino que marcaría buena parte de su concepción profesional: durante seis años ejerció como médico general de zona en Puerto Aysén, lejos de Santiago y de los grandes centros hospitalarios.
Después se especializó en Ginecología y Obstetricia en la Pontificia Universidad Católica y desarrolló una extensa trayectoria vinculada a la salud pública.
Ese recorrido desde la medicina territorial hasta la dirección de grandes instituciones ayuda a comprender una característica que aparece reiteradamente al revisar sus intervenciones y sus columnas: para Behnke, la medicina no comenzaba en una oficina ni terminaba en un pabellón. El sistema debía organizarse alrededor de las necesidades de las personas.
La salud pública como convicción
En 1990 asumió la dirección del Servicio de Salud Metropolitano Sur Oriente, una de las redes sanitarias más grandes y socialmente complejas de Santiago.
El territorio comprendía comunas con una enorme demanda asistencial y profundas desigualdades. Allí Behnke estuvo directamente enfrentado a uno de los desafíos permanentes de la salud chilena: cómo construir una red capaz de conectar atención primaria, especialidades y hospitales para una población que crecía rápidamente.
Años más tarde, cuando escribió en El Periodista sobre el desarrollo de la salud pública chilena, recordó ese período no desde la nostalgia, sino desde los resultados.
Hablaba de la recuperación salarial de los funcionarios, de la renovación de hospitales, del desarrollo de SAPU y SAMU, de la incorporación de tecnología, de las campañas de invierno, de los programas de trasplante, cirugía cardiovascular y oncología, y de la instalación progresiva del concepto de redes asistenciales.
Pero no se conformaba con enumerar avances. Le importaba medirlos.
En una de sus columnas comparaba cifras de mortalidad infantil, esperanza de vida y mortalidad materna para sostener que las políticas públicas debían evaluarse con datos y no con consignas.
Esa obsesión por medir y comparar era coherente con su manera de gestionar.
Behnke no veía la administración sanitaria como un conjunto de procedimientos. Para él, gestionar significaba actuar con diligencia, tomar decisiones informadas y asumir responsabilidad por sus consecuencias.

El Hospital Padre Hurtado
Durante la década de 1990 comenzó a tomar forma una obra que terminaría identificándose profundamente con su trayectoria: el Hospital Padre Alberto Hurtado.
Quienes reconstruyeron posteriormente la historia de la Facultad de Medicina Clínica Alemana Universidad del Desarrollo fueron categóricos al describir su papel. El exdirector de Clínica Alemana Claus Krebs lo recordó como uno de los impulsores fundamentales del hospital, mientras Pablo Vial, fundador y primer decano de la Facultad de Medicina, lo consideró una persona clave para el desarrollo del vínculo docente-asistencial.
No se trataba solamente de levantar un edificio.
El nuevo establecimiento nació con una característica innovadora: fue concebido como hospital experimental, con mayores grados de autonomía administrativa y presupuestaria que los hospitales tradicionales.
Era un terreno perfecto para alguien como Behnke, que desconfiaba de las inercias institucionales y pensaba permanentemente en cómo mejorar procesos.
En una de sus columnas sobre gestión sanitaria escribió una frase que funciona casi como síntesis de su pensamiento:
“Sin una buena organización, la Institución está destinada al fracaso; sin una adecuada información caminará a la deriva y, sin el reconocimiento de sus procesos, generará confusión, descoordinación y desconfianza”.
No era teoría administrativa.
Era experiencia acumulada.
Sabía que detrás de una mala organización podía haber un paciente esperando, un equipo médico descoordinado o un servicio incapaz de responder.
Del Ministerio de Salud de regreso al hospital
Su experiencia lo llevó posteriormente a ocupar la Subsecretaría de Salud durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos.
Era uno de los cargos más relevantes de la administración sanitaria chilena.
Sin embargo, después de dejar el Ministerio tomó una decisión que resulta reveladora de su personalidad profesional: regresó al territorio hospitalario.
En 2002 asumió la dirección del Hospital Padre Alberto Hurtado.
Permaneció allí durante más de trece años.
Fue un regreso a una institución que conocía desde su origen y que terminaría concentrando buena parte de sus convicciones sobre salud pública, gestión y docencia.
En una entrevista concedida mientras dirigía el establecimiento resumió parte de su filosofía con una frase sencilla:
“Lo importante es educar a las personas”.
Behnke estaba convencido de que una red sanitaria no podía funcionar adecuadamente si la población no comprendía cómo utilizarla. Atención primaria, urgencia, especialidades y hospitales debían funcionar coordinadamente, pero también necesitaban ciudadanos informados.
Era una mirada sanitaria y, al mismo tiempo, pedagógica.
La “clínica de los pobres”
Durante sus años como director, al Padre Hurtado se le llegó a llamar informalmente la “clínica de los pobres”.
La expresión contenía algo más profundo que una comparación arquitectónica.
El desafío consistía en demostrar que calidad, eficiencia, buena gestión y dignidad en la atención no debían ser privilegios exclusivos del sistema privado.
Behnke defendió esa lógica durante años.
El Hospital Padre Hurtado atendía fundamentalmente a habitantes de comunas populares del sector suroriente de Santiago, pero simultáneamente buscaba desarrollar estándares clínicos, gestión moderna y capacidad docente.
Esa combinación terminaría siendo una de sus principales herencias.
Y en sus columnas aparecía la misma preocupación.
Para Behnke, el objetivo final de una institución de salud no era únicamente cumplir indicadores. Los pacientes debían recuperar su salud y, además, “sentirse satisfechos, bien tratados”.
En esa frase está probablemente una de las claves de su forma de ejercer la medicina.
Podía hablar de presupuestos, procesos y eficiencia, pero siempre terminaba regresando al paciente.
El encuentro con la UDD y Clínica Alemana
Uno de los capítulos más trascendentes de su trayectoria ocurrió cuando comenzaron las conversaciones para convertir al Hospital Padre Hurtado en campo clínico de la naciente Facultad de Medicina vinculada a Clínica Alemana y la Universidad del Desarrollo.
Behnke entendió que un hospital público podía beneficiarse de la presencia permanente de una universidad y que, a su vez, ninguna facultad de Medicina podía formar realmente a sus alumnos aislándolos de la realidad cotidiana de los pacientes.
Así comenzó a consolidarse una alianza entre el Hospital Padre Hurtado, la Universidad del Desarrollo y Clínica Alemana que terminó transformándose en uno de los proyectos docente-asistenciales más relevantes de su historia.
El hospital recibió estudiantes, internos y programas de postgrado. Los médicos pudieron combinar asistencia y docencia. Y los alumnos entraron en contacto desde su formación con la realidad de la salud pública.
No era solamente un convenio institucional.
Era una manera de enseñar medicina.
“Una carrera sin fin”
En enero de 2013 recibió personalmente a una nueva generación de estudiantes que comenzaba su internado de Medicina en el Hospital Padre Hurtado.
No les habló únicamente de conocimientos técnicos.
Les dijo:
“Hoy dan inicio a la carrera sin fin que es la medicina”.
Y agregó que esa carrera se construía mediante el contacto directo con los pacientes.
Era una definición que condensaba buena parte de su pensamiento.
La medicina, para Behnke, no terminaba con el título universitario. Era aprendizaje permanente y, fundamentalmente, responsabilidad frente a otro ser humano.
Por eso insistía ante los jóvenes en que desde el momento en que comenzaban su internado tenían una responsabilidad real ante los pacientes.
No eran simples observadores.
Estaban entrando en la medicina.
Un hospital que también enseñaba
El proyecto docente continuó creciendo.
En 2014 se inauguró en el Hospital Padre Hurtado un nuevo módulo docente-asistencial con salas de clases, boxes de atención, espacios de rehabilitación y dependencias destinadas a la formación.
La idea era coherente con la visión que Behnke había impulsado: enseñanza y atención no debían vivir en mundos separados.
El hospital se convertía así no solamente en un lugar donde se curaba.
También se enseñaba, investigaba y construía comunidad.
Con el tiempo, generaciones de estudiantes de Medicina, Enfermería, Kinesiología y otras disciplinas encontrarían allí una formación que ninguna sala de clases podía reemplazar.
Los pacientes se transformaban también en profesores.
Pensar el hospital del futuro
Después del terremoto del 27 de febrero de 2010, Behnke escribió en El Periodista una columna titulada “Del sismo al cisma”.
No se limitó a lamentar la destrucción.
Vio en la crisis una oportunidad para preguntarse cómo debía reconstruirse la infraestructura sanitaria chilena.
Le preocupaba que los nuevos hospitales repitieran modelos antiguos simplemente por inercia.
Advertía que, si las nuevas estructuras debían durar cincuenta años o más, había que preguntarse cómo se resolverían los problemas de salud del futuro, cuánto sería ambulatorio y cuánto hospitalario.
Y formulaba una pregunta que condensa su idea de medicina:
“Cómo hacer, además, una estructura funcional y amigable, al servicio del paciente”.
No quería simplemente reconstruir paredes.
Quería pensar el hospital que vendría.
Y terminó aquella reflexión con una frase que hablaba tanto de infraestructura como de sociedad:
“No transformemos el Sismo en un Cisma. Recreemos un espacio de diálogo, tan propio de las democracias modernas”.
Incluso frente a una catástrofe terminaba hablando de conversación, acuerdos y convivencia democrática.
El médico que escribía
Ernesto Behnke no escribía como quien abandona por un momento el ejercicio de la medicina para opinar sobre otra cosa.
En sus columnas en El Periodista, la misma mirada que aplicaba a un hospital —observar, diagnosticar, preguntarse por las causas y proponer soluciones— aparecía trasladada a la sociedad, la democracia, las instituciones y el país.
Había en sus textos una invitación permanente a no aceptar lo establecido simplemente porque siempre había sido así.
En “Miseria”, partió cuestionando incluso el significado de las palabras pobreza y miseria para terminar interrogándose sobre la democracia chilena.
Allí escribió una de esas frases que explican mejor a una persona que muchas páginas biográficas:
“La capacidad de sorprenderse es una clara y primaria manifestación de inteligencia”.
Y enseguida interpelaba a sus lectores:
“Lectores inteligentes, ¡sorprendámonos!”
Para Behnke, sorprenderse no significaba contemplar.
Significaba hacerse preguntas.
Y después actuar.
La democracia sin adjetivos
En aquella misma columna cuestionó las “democracias adjetivadas”.
Su razonamiento era sencillo: si había que agregar permanentemente palabras para explicar qué tipo de democracia existía, quizás se estaba alterando el propio significado del concepto.
Defendía una democracia en la que todos pudieran expresarse, donde no hubiera minorías mudas y donde existiera acceso a la información y condiciones equitativas para participar.
Behnke podía pasar desde la discusión semántica sobre pobreza y miseria hasta una reflexión constitucional sin perder el hilo.
El fondo era siempre el mismo: quién tiene poder, quién queda fuera y quién consigue ser escuchado.
Esa preocupación también aparecía cuando hablaba de salud.
El paciente, el ciudadano, las bases sociales y aquellos a quienes denominaba “los sin voz” ocupaban lugares distintos dentro de una misma mirada.
“Por favor escuchémoslos”
En “Carta de Esperanza”, escrita después de una derrota electoral de la Concertación, Behnke hizo una reflexión severa sobre los errores de su propio sector político.
No escribió para justificar una derrota.
Escribió para pedir autocrítica.
Recordó que aquella coalición no había nacido solamente para ganar elecciones, sino para defender “los derechos y dignidad de los sin voz”.
Y cuando intentó explicar cómo reconstruir confianza, no miró hacia las dirigencias.
Miró hacia abajo.
“La generación del cambio se origina en las bases y no en las cúpulas. Por favor escuchémoslos”, escribió.
Terminó aquella carta imaginando nuevamente a la política en su lugar más elemental:
“en la calle codo a codo”.
Era otra expresión del mismo hombre que en el hospital insistía en que toda gestión debía terminar mirando al paciente.
En política, su paciente era el ciudadano.
La salud como derecho
Otra columna, titulada provocativamente “¡Terminemos con la Salud Pública! ¡Todos por el cambio!”, le permitió exponer con claridad una de sus convicciones centrales.
El título era irónico.
El contenido era una defensa explícita del sistema público.
Behnke recorrió los avances producidos desde 1990 y argumentó que el país debía observarlos seriamente antes de repetir que nada había cambiado.
Para él era particularmente importante la idea de que las garantías sanitarias hubieran comenzado a transformar prestaciones médicas en derechos exigibles.
El acceso, la calidad y los plazos dejaban de depender exclusivamente de la capacidad individual del paciente.
Había allí una concepción política de la medicina.
La salud no era solamente una prestación.
Era una responsabilidad colectiva.
Organización, información y procesos
Su columna “Salud: gestión y administración” permite entrar casi directamente a la oficina del director hospitalario.
Allí sostuvo que una buena gestión dependía de tres pilares: organización, información y procesos.
La organización exigía personas competentes, responsabilidades claras y capacidad de trabajar como equipo.
La información debía ser confiable, histórica, actual y llegar a las personas capaces de convertirla en decisiones.
Y los procesos tenían que ser observados permanentemente para detectar errores antes de que se transformaran en problemas mayores.
Era una visión moderna de gestión sanitaria, pero expresada por alguien que jamás olvidaba para qué existía un hospital.
No para los organigramas.
No para sus directivos.
No para las estadísticas.
Para los pacientes.
Una mirada humanista
La dimensión de Behnke no terminó en la administración clínica.
El Hospital Padre Hurtado fue abriendo espacios donde las humanidades comenzaron a convivir con las ciencias médicas.
Música, literatura, reflexión y encuentros académicos fueron ocupando un lugar dentro de la institución.
Hoy existe allí un espacio que lleva su nombre: el Auditorio Dr. Ernesto Behnke.
Que su nombre haya quedado asociado precisamente a un lugar de encuentro tiene algo de justicia biográfica.
Porque buena parte de su vida consistió exactamente en eso: conectar mundos.
La medicina con la gestión.
El hospital público con la universidad.
La práctica clínica con la docencia.
La salud con la política.
La experiencia profesional con la palabra escrita.
Su defensa de una prensa libre
Existe además una columna que adquiere una dimensión especial al recordarlo desde El Periodista.
Cuando el medio celebraba uno de sus aniversarios, Behnke decidió escribir sobre el propio proyecto periodístico.
Comenzó jugando nuevamente con las palabras:
“Nuestra Revista está de Aniversario y no de cumpleaños”, escribió, porque consideraba que El Periodista había nacido con la madurez necesaria para sostener desde el comienzo una línea editorial.
Valoraba especialmente su pluralismo.
Destacaba que opiniones discrepantes pudieran coexistir sin intervenciones editoriales destinadas a dirigir al lector.
Y dejó una frase que hoy sigue resonando:
“¡Cuánto necesita nuestra Democracia de una prensa libre y responsable!”
Criticaba la abundancia de noticias irrelevantes, la confusión entre ficción y realidad y las cortinas de humo que podían impedir conocer aquello que existía “detrás de la noticia”.
Para Behnke, la prensa independiente no era solamente una actividad empresarial.
Era una condición de la democracia.
“PERIODISMO, así con mayúsculas”
En esa misma columna escribió que El Periodista había querido desde su primer día hacer “PERIODISMO, así con mayúsculas”.
Consideraba titánica la tarea de mantener un medio independiente en Chile y valoraba especialmente su capacidad para sostener una línea editorial pese a la precariedad económica.
También tuvo palabras personales para quien conducía el proyecto.
Habló de una “perseverancia casi épica” y de la consecuencia necesaria para mantener un medio con “nula o escasa publicidad”.
Y cerró su texto con una de esas frases que parecen haber sido escritas pensando tanto en los demás como en uno mismo:
“Más vale morir un día crucificado, que vivir toda una vida arrodillado”.
Hay algo profundamente Behnke en esa sentencia.
Convicción.
Ironía.
Independencia.
Y una cierta negativa a acomodarse demasiado.
El hombre detrás de los cargos
Los cargos permiten ordenar una biografía.
Médico.
Ginecólogo obstetra.
Médico general de zona en Aysén.
Director del Servicio de Salud Metropolitano Sur Oriente.
Subsecretario de Salud.
Director del Hospital Padre Hurtado.
Docente.
Autor.
Columnista.
Pero una vida profesional no necesariamente se explica mediante el currículum.
La dimensión de Ernesto Behnke aparece mejor en otra parte.
Está en el Hospital Padre Hurtado.
En los profesionales que se formaron allí.
En los médicos que alguna vez llegaron como estudiantes y encontraron pacientes que dejaron de ser casos clínicos para convertirse en sus primeros maestros.
Está en una alianza entre el mundo público, la Universidad del Desarrollo y Clínica Alemana que inicialmente podía parecer improbable y que terminó sobreviviendo durante décadas.
Está en las páginas de El Periodista, donde decidió participar de la conversación pública cuando podría haberse limitado a observarla desde lejos.
Está en sus columnas, donde se permitía discutir salud, democracia, Constitución, pobreza, gestión hospitalaria, terremotos, medios de comunicación y política con una libertad que no siempre cabe dentro de los cargos institucionales.
Y está en ese auditorio que lleva su nombre.
La huella
Ernesto Behnke perteneció a una generación de médicos para quienes la salud pública no era solamente una especialidad administrativa ni una etapa dentro de una carrera profesional.
Era una forma de mirar el país.
Quizás por eso, después de haber llegado a la Subsecretaría de Salud, regresó al hospital.
Quizás por eso insistía en que una institución sanitaria debía estar organizada, informada y permanentemente revisando sus procesos, pero al final exigía algo mucho más sencillo y mucho más difícil: que el paciente fuera bien tratado.
Quizás por eso defendía la democracia sin adjetivos, reclamaba escuchar a quienes no tenían voz y desconfiaba de las verdades demasiado cómodas.
Y quizás por eso escribió aquella invitación que hoy, al releerla, parece dirigida también a quienes intentan comprender su propia vida:
“La capacidad de sorprenderse es una clara y primaria manifestación de inteligencia”.
Ernesto Behnke nunca pareció perderla.
Se sorprendía ante una institución mal organizada y quería corregirla.
Ante una desigualdad y quería discutirla.
Ante una democracia imperfecta y quería mejorarla.
Ante un hospital destruido y pensaba en cómo construir uno mejor.
Ante una prensa débil y pedía fortalecerla.
Ante estudiantes que comenzaban Medicina, les recordaba que estaban iniciando una carrera sin fin.
Su legado quizá pueda resumirse de esa misma manera.
Porque una vida dedicada a la salud pública, a la enseñanza, al pensamiento y a las personas tampoco termina completamente cuando termina una biografía.
Continúa en aquello que uno ayudó a construir.
Y Ernesto Behnke construyó mucho.
La entrada Ernesto Behnke, el médico que hizo de la salud pública una forma de vida se publicó primero en El Periodista.


