
Estados Unidos elevó nuevamente la presión sobre Canadá en medio de la creciente disputa comercial entre ambos países. El representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, advirtió que Washington podría imponer aranceles adicionales e incluso prohibiciones de importación si Ottawa mantiene las medidas de represalia anunciadas contra productos estadounidenses.
Greer sostuvo que Canadá podría enfrentar restricciones similares a las que ha aplicado previamente a mercancías provenientes de Estados Unidos y afirmó que la administración estadounidense actuará para proteger a sus trabajadores y productores.
La advertencia supone un nuevo capítulo en el conflicto comercial entre dos de las economías más estrechamente integradas de América del Norte y llega después del fracaso de las negociaciones que Washington y Ottawa mantuvieron durante agosto para intentar evitar una nueva escalada arancelaria.
Las conversaciones terminaron sin acuerdo el 21 de agosto. Ambas partes se responsabilizaron mutuamente por el quiebre y cuestionaron cambios y exigencias introducidos durante la etapa final de las tratativas.
Un día después, Estados Unidos comenzó a aplicar aranceles de 50% sobre productos canadienses por aproximadamente US$20.000 millones, profundizando una política comercial que durante los últimos meses ha recurrido crecientemente a los gravámenes como herramienta de presión frente a distintos socios económicos.
Canadá anunció entonces que respondería con medidas equivalentes. Ottawa prepara aranceles de hasta 50% sobre importaciones estadounidenses también valoradas en unos US$20.000 millones, dirigidas especialmente a sectores sensibles como acero, productos lácteos, electrodomésticos, maquinaria agrícola, pasta y papel y artículos electrónicos.
Las medidas canadienses comenzarán a entrar en vigencia durante septiembre, dejando todavía un margen para una eventual reapertura de las negociaciones. Sin embargo, las últimas declaraciones desde Washington apuntan a que una aplicación efectiva de las represalias podría provocar una nueva respuesta estadounidense y ampliar el número de sectores involucrados.
Una disputa que sigue escalando
La crisis se ha desarrollado en etapas. Antes del quiebre de las conversaciones, Washington ya había endurecido su política comercial hacia Canadá, mientras Ottawa defendía la necesidad de responder de manera proporcional para evitar que sus industrias quedaran en desventaja.
Tras el fracaso negociador, el primer ministro canadiense, Mark Carney, defendió la decisión de no aceptar las últimas condiciones planteadas por Estados Unidos y sostuvo que cualquier eventual acuerdo debe respetar los intereses económicos y la soberanía canadiense.
El gobierno estadounidense, en cambio, argumenta que Canadá mantiene políticas que perjudican el acceso de productos norteamericanos a su mercado y considera los nuevos aranceles como una respuesta a esas restricciones.
La posibilidad mencionada ahora por Greer de recurrir incluso a prohibiciones de importación marcaría un escalón adicional en el enfrentamiento. Una prolongación del conflicto podría afectar las cadenas de suministro compartidas por ambos países, particularmente en industrias altamente integradas como la automotriz, manufacturera, agroalimentaria y de materias primas.
Por ahora, Washington condiciona cualquier desescalada a que Canadá renuncie a nuevas represalias, mientras Ottawa mantiene su decisión de responder a los aranceles estadounidenses. Con las medidas canadienses próximas a entrar en vigor, septiembre aparece como un período decisivo para determinar si las dos partes regresan a la mesa de negociación o avanzan hacia una guerra comercial de mayor alcance.
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