
La coincidencia de tasas de interés elevadas en Estados Unidos, rendimientos de los bonos del Tesoro en máximos de varios años y petróleo por encima de los US$100 está reforzando la demanda por dólares. Así lo plantea Edgar Peredo, analista de mercados de EBC Financial Group, quien advierte que estas fuerzas actúan simultáneamente sobre las divisas, las acciones y los costos de inversión.
Según su análisis, el dólar cumple una doble función en este escenario: sirve como activo de refugio y permite acceder a instrumentos con mayores rendimientos. Al mismo tiempo, el encarecimiento de la energía eleva las presiones inflacionarias y reduce el margen para una política monetaria más flexible por parte de la Reserva Federal (Fed).
El efecto varía entre sectores. Peredo sostiene que las tasas altas pueden favorecer a las entidades financieras por su impacto en los márgenes de intermediación, mientras que los precios elevados del crudo respaldan a las compañías energéticas. Para las empresas de alto crecimiento, especialmente las vinculadas con inteligencia artificial, el entorno plantea mayores exigencias financieras.
La expansión de la IA enfrenta el costo del dinero
El desafío de la inteligencia artificial, explica el analista, no radica en la falta de inversión, sino en cuánto cuesta sostenerla.
De acuerdo con las cifras citadas por Peredo, Amazon, Alphabet, Microsoft, Oracle y Meta están en camino de invertir US$800.000 millones este año en infraestructura relacionada con IA. El especialista añade que Goldman Sachs proyecta que ese monto alcance US$1,2 billones en 2027.
Además, señala que la inversión de capital en inteligencia artificial ya representa alrededor del 93% del flujo de caja operativo de esas compañías, frente al 33% registrado en 2023.
Esta expansión aumenta su exposición al costo del financiamiento. Si parte de los proyectos requiere deuda, unas tasas elevadas durante más tiempo obligan a obtener mayores retornos para justificar las valoraciones actuales.
“El riesgo, por tanto, no es únicamente tecnológico; también es financiero”, advierte Peredo.
La inversión tecnológica también puede contribuir a la fortaleza del dólar. Según el analista, los flujos internacionales hacia empresas e infraestructura estadounidenses vinculadas con IA generan demanda adicional por la divisa. Sin embargo, una decepción en los retornos y una corrección significativa de las valoraciones podrían revertir parte de esos movimientos, afectando tanto a las acciones tecnológicas como a la demanda por dólares.
Presiones sobre el peso mexicano
Peredo identifica a México como uno de los países donde esta dinámica se transmite mediante el diferencial de tasas, el tipo de cambio y el comercio.
Si los activos denominados en dólares mantienen mayores rendimientos, el atractivo relativo del peso mexicano disminuye y pierde fuerza la estrategia de invertir aprovechando las diferencias de tasas entre monedas, conocida como carry trade. Esto puede ocurrir incluso si el Banco de México conserva una tasa elevada.
Bajo ese escenario, el especialista plantea que el tipo de cambio podría avanzar hacia un rango de 18,20 a 18,50 pesos mexicanos por dólar en los próximos meses, una posibilidad sujeta a la evolución de esas condiciones.
Una depreciación tampoco beneficia por igual a todos los sectores. Puede mejorar la competitividad de exportadores cuyos costos se expresan principalmente en pesos, pero encarece maquinaria, componentes e insumos importados.
En la industria automotriz, agrega Peredo, el efecto cambiario se combina con los aranceles. Si México enfrenta tarifas superiores a las de otros competidores, un peso más débil no necesariamente compensa esa desventaja, especialmente cuando la producción depende de componentes importados.
El analista llama a observar las conexiones entre mercados: el petróleo elevado impulsa a las empresas energéticas, pero aumenta los costos del resto de la economía; las tasas altas pueden beneficiar a los bancos, mientras encarecen la expansión tecnológica.
Para Peredo, el principal riesgo consiste en subestimar cómo esos movimientos se transmiten entre activos. “No hay rendimiento sin riesgo”, afirma, y sostiene que comprender esas relaciones resulta tan relevante como anticipar la dirección del dólar, las acciones o las monedas emergentes.
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