
Los mercados financieros comenzaron septiembre enfrentando una combinación especialmente compleja: petróleo nuevamente sobre US$90, rendimientos de la deuda soberana acercándose a niveles no vistos en años, expectativas crecientes de nuevas alzas de tasas de interés y una escalada militar entre Estados Unidos e Irán que mantiene bajo presión al Estrecho de Ormuz.
La consecuencia está siendo una migración hacia posiciones más defensivas, pero con una particularidad: ni siquiera todos los activos considerados tradicionalmente refugio están resultando beneficiados.
El ejemplo más claro es el oro. El metal profundizó su corrección hasta cotizar alrededor de US$4.320-US$4.340 por onza, después de comenzar la semana cerca de US$4.458. La caída ocurre precisamente cuando las tensiones geopolíticas aumentan, una situación que habitualmente favorecería su precio.
La explicación está en otro mercado: los bonos.
El rendimiento del Treasury estadounidense a diez años superó la zona del 4,8%, acercándose progresivamente al umbral psicológico del 5%, mientras la deuda a 30 años se movió alrededor del 5,27%. La ola vendedora no se limita a Estados Unidos y está afectando a los principales mercados de renta fija mundial. La combinación de petróleo más caro, persistencia inflacionaria y bancos centrales restrictivos está elevando el costo del dinero en prácticamente todas las economías desarrolladas.
Para los mercados, la pregunta comienza a cambiar. Ya no se trata solamente de cuánto puede durar la confrontación en Medio Oriente, sino de cuánto puede aumentar la inflación como consecuencia de ella y qué tendrán que hacer los bancos centrales para contenerla.

El petróleo vuelve al centro del problema
El detonante inmediato ha sido el crudo.
El Brent avanzó 4,6% hasta US$94,65 por barril, mientras el estadounidense WTI ganó 5,2% y cerró en US$90,22, después de superar temporalmente niveles todavía mayores durante la sesión.
Ambas referencias alcanzaron sus mayores precios en varias semanas tras los nuevos ataques estadounidenses contra objetivos iraníes y el aumento de las amenazas sobre el transporte energético en el Golfo.
La aproximación del Brent a US$95 es particularmente relevante porque vuelve a poner sobre la mesa un escenario que hace algunas semanas parecía más distante: petróleo a US$100 por barril.
Para llegar hasta allí no bastaría necesariamente con mantener la tensión actual. El mercado tendría que comenzar a descontar una interrupción más persistente del suministro, nuevos ataques contra infraestructura energética o mayores restricciones para atravesar el Estrecho de Ormuz.
Pero el riesgo está instalado.
Hasta ahora Washington sostiene que Ormuz continúa operativo. Sin embargo, los problemas de seguridad de los buques y la reducción del tráfico respecto de los niveles previos al conflicto mantienen incorporada una elevada prima geopolítica en los precios.
El analista de mercados de EBC Financial Group Sergio Cisternas considera que el mercado petrolero entró nuevamente en una etapa en que los fundamentos tradicionales —inventarios, producción de la OPEP+ o demanda— han quedado subordinados a la evolución militar.
“Una sola noticia sobre un petrolero, una terminal iraní o una nueva represalia puede generar movimientos de varios dólares en cuestión de horas”, advierte.
Para Cisternas, el hecho de que Brent y WTI hayan superado simultáneamente los US$90 significa que el mercado ya no está reaccionando únicamente a titulares aislados, sino incorporando la posibilidad de una interrupción más prolongada.
La amenaza que viene detrás del petróleo: inflación
El efecto del crudo no termina en las estaciones de servicio.
Un petróleo persistentemente sobre US$90 implica mayores costos de transporte, producción, electricidad, fertilizantes, petroquímica y logística. Con el tiempo, parte de ese incremento puede trasladarse a los consumidores.
Y eso ocurre precisamente cuando los principales bancos centrales todavía luchan por llevar la inflación hacia sus objetivos.
En la eurozona, la estimación preliminar de inflación correspondiente a agosto alcanzó 3,3%, mientras el componente energético registró un incremento de 14,3%, según los antecedentes analizados por EBC Financial Group.
En Estados Unidos, las últimas cifras económicas entregaron señales mixtas. El índice manufacturero ISM quedó en 54,6 puntos, bajo los 55,2 esperados; las vacantes laborales JOLTS disminuyeron hasta 7,271 millones, mientras el gasto en construcción retrocedió 0,5% mensual.
En circunstancias normales, esas señales de moderación podrían llevar a pensar en una política monetaria menos restrictiva.
El petróleo está complicando esa lectura.
Si la energía vuelve a acelerar la inflación, la Reserva Federal podría verse obligada a mantener tasas elevadas durante más tiempo o incluso volver a subirlas.
Warsh cambia completamente las expectativas
Ese temor se ha intensificado desde el discurso del presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, en Jackson Hole.
Antes de su intervención, los mercados asignaban aproximadamente un 35% de probabilidades a un aumento de tasas en septiembre. Tras sus declaraciones, las apuestas llegaron a situarse en torno al 58%-60%, y posteriormente avanzaron aún más con las advertencias de otros integrantes de la Fed.
Este miércoles, algunas estimaciones de mercado sitúan la probabilidad alrededor del 67%-70%, aunque todavía existe una importante división entre analistas sobre si la Fed moverá las tasas en septiembre o esperará hasta después de las elecciones legislativas estadounidenses.
El gobernador de la Reserva Federal Michael Barr añadió presión al advertir que, si la inflación no comienza a moderarse, una nueva subida de tasas debe permanecer entre las alternativas de política monetaria.
Es un giro significativo.
Durante buena parte del ciclo anterior, los inversionistas intentaban determinar cuándo bajaría la Fed las tasas. Ahora el mercado discute nuevamente cuándo podría subirlas.
Y esa inversión de expectativas está reorganizando las valorizaciones de casi todos los activos financieros.
Por qué cae el oro cuando debería subir
El oro refleja mejor que ningún otro activo esa contradicción.
La lógica tradicional sostiene que una guerra, una crisis financiera o un episodio de elevada incertidumbre internacional aumenta la demanda por activos refugio.
Pero el oro tiene una desventaja: no paga intereses.
Cuando un bono del Tesoro estadounidense a diez años ofrece cerca de 5% anual, el costo de oportunidad de mantener oro aumenta considerablemente.
Sergio Cisternas explica que la caída actual responde principalmente a una reevaluación más agresiva de las tasas y de los rendimientos, y no necesariamente a una pérdida estructural del interés por el metal.
El comportamiento de los últimos días resulta revelador: mientras Estados Unidos e Irán intensifican sus enfrentamientos, el oro retrocede porque el mercado considera todavía más importante el precio del dinero.
Una tasa del Treasury acercándose al 5% compite directamente con el metal.
La reacción coincide con lo observado después del discurso de Warsh: mayores expectativas de endurecimiento monetario impulsaron los rendimientos y presionaron inmediatamente al oro.
US$4.300, el nivel que mira ahora el oro
En el corto plazo, el área de US$4.300 por onza aparece como una referencia clave.
Si los rendimientos de los bonos continúan aumentando, el metal podría seguir bajo presión. Una estabilización de las tasas o cifras laborales estadounidenses considerablemente más débiles, en cambio, podrían generar una recuperación hacia los US$4.400.
Eso no significa necesariamente que haya terminado el ciclo estructural alcista del oro.
Persisten varios de los factores que lo llevaron a máximos durante agosto: compras realizadas por bancos centrales, necesidad de diversificar reservas, tensiones fiscales, incertidumbre geopolítica y preocupación por la sostenibilidad de las deudas públicas.
Lo que ha cambiado es la competencia.
Ahora esos argumentos favorables deben enfrentarse a instrumentos soberanos que nuevamente ofrecen rentabilidades excepcionalmente elevadas.
Bonos: el verdadero epicentro de la turbulencia
Aunque petróleo y oro concentran buena parte de la atención, el movimiento potencialmente más importante se está produciendo en la renta fija mundial.
El rendimiento del Treasury estadounidense a diez años ha alcanzado su nivel más elevado desde 2023 y avanza hacia el 5%.
También existen tensiones fuera de Estados Unidos.
En Japón, el rendimiento del bono soberano a diez años alcanzó alrededor del 3%, su mayor nivel desde 1996, de acuerdo con los antecedentes incluidos en los análisis de mercado.
La subida global de los rendimientos significa que los gobiernos tienen que pagar más para endeudarse. Pero también afecta directamente a empresas y familias.
Cuando aumenta la tasa del Treasury se encarecen los créditos corporativos, las emisiones de deuda, las hipotecas y diferentes modalidades de financiamiento.
En Estados Unidos, una permanencia de los rendimientos en estos niveles podría volver a empujar las tasas hipotecarias hacia 7%, aumentando la presión sobre un mercado inmobiliario extremadamente sensible al costo del crédito.
Las tecnológicas vuelven a estar bajo presión
También existe una conexión directa con Wall Street.
El S&P 500 comenzó septiembre retrocediendo alrededor de 0,7%, en un mes que históricamente ha sido complejo para los mercados estadounidenses.
Las compañías tecnológicas y de semiconductores son especialmente sensibles a la subida de los rendimientos.
La razón está en las valorizaciones.
Una parte importante del valor asignado a empresas de crecimiento se basa en beneficios esperados durante muchos años. Cuando aumenta la tasa utilizada para descontar esos flujos futuros, su valor presente disminuye.
La misma revolución de inteligencia artificial que ha permitido enormes inversiones y resultados corporativos también supone necesidades extraordinarias de financiamiento para centros de datos, energía e infraestructura.
Con tasas más elevadas, ese capital se encarece.
La mesa de negociación de JPMorgan ha adoptado una posición “tácticamente cautelosa”, según los antecedentes contenidos en el análisis de EBC, en medio del deterioro de las condiciones financieras.
IA dispara ganancias de grandes tecnológicas: beneficios se triplican desde 2021
Un dilema para los bancos centrales
El analista de EBC Financial Group Felipe Mendoza considera que los mercados han entrado en una fase de elevada volatilidad en la que coinciden dos fenómenos potencialmente peligrosos: aumento de materias primas energéticas y subida de los rendimientos soberanos.
El problema para los bancos centrales es que ambos movimientos pueden reforzarse mutuamente.
Si el petróleo continúa aumentando, puede provocar inflación.
Si aumenta la inflación, los bancos centrales mantienen o elevan las tasas.
Si las tasas permanecen altas, los rendimientos de los bonos pueden seguir aumentando.
Y si los rendimientos suben demasiado, aumenta el costo de las enormes deudas públicas acumuladas por las principales economías.
Eso genera un dilema: combatir la inflación sin provocar un deterioro excesivo de la actividad económica y de la sostenibilidad fiscal.
La paradoja de septiembre
El mercado enfrenta así una situación poco habitual. Existe una guerra que normalmente favorecería al oro, pero el metal cae.
Sube el petróleo, lo que normalmente beneficiaría a determinados sectores bursátiles, pero simultáneamente aumenta el temor a inflación y tasas más altas.
Los indicadores económicos estadounidenses muestran cierta moderación, pero esa debilidad no garantiza una política monetaria más flexible porque los precios energéticos vuelven a amenazar la estabilidad inflacionaria.
Y mientras los inversionistas buscan refugio, los bonos soberanos —que tradicionalmente cumplen esa función— están sufriendo una venta masiva porque sus rendimientos deben ajustarse al nuevo escenario.
El mercado, por tanto, no está operando exclusivamente una crisis geopolítica: está intentando determinar las consecuencias monetarias de esa crisis.
Tres precios que pueden definir lo que viene
Durante las próximas jornadas habrá tres referencias fundamentales.
La primera será el Brent en US$95-US$100. Una ruptura sostenida de US$95 acompañada de nuevas interrupciones en Ormuz haría más probable que el mercado comience a discutir seriamente un petróleo sobre US$100.
La segunda será el Treasury a diez años en torno al 5%. Mientras continúe aproximándose a ese nivel, permanecerá la presión sobre oro, acciones, crédito e hipotecas.
La tercera será el oro alrededor de US$4.300. Si consigue sostener esa zona pese al aumento de rendimientos, mostraría que la demanda estructural sigue operando. Si la pierde, la corrección podría profundizarse antes de recuperar una tendencia alcista.
Pero existe un cuarto elemento capaz de alterar rápidamente todo el escenario: los próximos datos de empleo e inflación de Estados Unidos.
El informe laboral de agosto será especialmente observado. El mercado espera cifras relativamente débiles y una sorpresa significativa podría modificar otra vez las probabilidades de un aumento de tasas en septiembre.
Por ahora, petróleo y bonos están enviando un mismo mensaje: el principal temor financiero derivado de la escalada en Medio Oriente ya no es solamente una interrupción energética, sino que ese shock vuelva a alimentar la inflación y obligue a mantener el costo del dinero en niveles excepcionalmente altos.
Y eso explica la anomalía que mejor resume esta nueva etapa: hay guerra, aumenta la incertidumbre y, aun así, el oro cae.
La entrada Mercados bajo presión: petróleo roza US$95, bonos se disparan y el oro cae pese a escalada en Medio Oriente se publicó primero en El Periodista.


