
Hay animales que asombran por su velocidad o su fuerza. El perezoso conquistó un lugar en el imaginario de Costa Rica con una estrategia distinta: moverse despacio, permanecer entre las ramas y aprovechar al máximo la energía disponible.
Su figura es reconocida por viajeros de todo el mundo y forma parte de la identidad natural costarricense. Ese vínculo también tiene un reconocimiento oficial: en 2021, Costa Rica declaró al perezoso de dos dedos y al de tres dedos símbolos nacionales de su fauna silvestre, mediante la Ley N.º 10.007.
El país alberga al perezoso de dos dedos de Hoffmann y al perezoso de tres dedos de garganta parda. Aunque tienen características y hábitos diferentes, ambos están adaptados a una existencia principalmente arbórea, donde encuentran alimento, refugio y protección.
Sus extremidades y fuertes garras les permiten sujetarse a las ramas y desplazarse por las copas. Para observarlos, por eso, suele ser necesario cambiar la dirección de la mirada: la vida del perezoso transcurre sobre las cabezas de quienes recorren el bosque.

La lentitud como estrategia de supervivencia
Lejos de ser una desventaja, su movimiento pausado responde a una forma eficiente de administrar recursos. Su metabolismo lento y una dieta de bajo aporte energético hacen del ahorro de energía una parte fundamental de su adaptación.
Sin embargo, su fama de dormilón requiere una precisión. No es correcto afirmar que todos los perezosos silvestres duermen entre 15 y 20 horas diarias. Una investigación con registros de actividad cerebral en ejemplares de tres dedos en libertad encontró un promedio cercano a 9,6 horas de sueño al día, considerablemente menor que el observado previamente en cautiverio. Descansar inmóviles tampoco significa necesariamente estar durmiendo.
Otra característica llamativa está en su pelaje: las algas que pueden crecer sobre él le dan una tonalidad verdosa que favorece su camuflaje entre la vegetación. Su cuerpo se transforma así en un pequeño hábitat dentro del propio bosque.
Y aunque en tierra sus desplazamientos son especialmente lentos, estos animales también pueden desenvolverse en el agua: son capaces de nadar, una habilidad menos conocida que su destreza para permanecer suspendidos de las ramas.
Un encuentro entre las copas de los árboles
El Parque Nacional Manuel Antonio, en el Pacífico Central, es uno de los lugares más conocidos para observar perezosos en Costa Rica. El Instituto Costarricense de Turismo los ha destacado como parte de los principales atractivos naturales del parque y como representantes de los esfuerzos de conservación del país.
También es posible encontrarlos en zonas como La Fortuna y Arenal, Bijagua y distintos sectores del Caribe, siempre dependiendo de las condiciones del hábitat y de la posibilidad de avistarlos entre la vegetación.
Su presencia turística convive con una labor de protección y recuperación de fauna. Organizaciones como Sloth Sanctuary, Toucan Rescue Ranch y Jaguar Rescue Center trabajan con animales heridos, huérfanos o afectados por distintas situaciones, procurando su rehabilitación y, cuando es posible, su retorno al medio natural.
Observar sin intervenir
Para los visitantes, la recomendación es mantener la distancia, evitar tocarlos y no ofrecerles alimento. Un encuentro responsable permite observar sus comportamientos sin alterar su entorno ni convertir la fotografía en una situación de estrés.
Parte de su atractivo está precisamente en esa experiencia: detenerse, buscar entre las hojas y descubrir un movimiento casi imperceptible donde, unos segundos antes, solo parecía haber una rama.
Esa manera pausada de habitar el bosque ha favorecido su asociación con el “Pura Vida”, la expresión que identifica a Costa Rica. Más allá de esa imagen, el perezoso representa una adaptación singular y un recordatorio de que conservar la biodiversidad también exige respetar los ritmos de cada especie.
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