
Unos diminutos fragmentos de dientes fosilizados permitieron resolver una de las interrogantes que durante décadas ha acompañado al Tyrannosaurus rex: cuál era su temperatura corporal. Un equipo de científicos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) estableció que el gigantesco dinosaurio alcanzaba aproximadamente los 36 °C, una cifra comparable a la temperatura de los seres humanos.
El resultado aporta evidencia directa de que el T. rex era un animal de sangre caliente o, más precisamente, capaz de mantener una temperatura corporal elevada mediante mecanismos metabólicos, una característica que cambia sustancialmente la antigua imagen de los grandes dinosaurios como reptiles lentos cuya actividad dependía principalmente del calor ambiental.
El estudio, publicado en Science Advances, utilizó fósiles pertenecientes al Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles y permitió obtener por primera vez una estimación concreta de la temperatura corporal del célebre depredador que habitó Norteamérica hace más de 66 millones de años.
Un T. rex mucho más activo
La temperatura calculada por los investigadores respalda las hipótesis que describen al tiranosaurio como un animal metabólicamente activo, capaz de desplazarse, cazar o buscar carroña sin depender exclusivamente de las condiciones ambientales para regular su organismo.
Los reptiles modernos de sangre fría suelen registrar temperaturas corporales de entre 28 y 30 °C, mientras que muchas aves —consideradas los descendientes vivos de los dinosaurios terópodos— mantienen temperaturas significativamente superiores, generalmente entre 40 y 43 °C.
El T. rex aparece ahora en una posición intermedia, con una temperatura de aproximadamente 36 °C. El resultado entrega nuevas pistas sobre la evolución metabólica que, a lo largo de millones de años, terminó dando origen a las aves modernas.
La evidencia también ayuda a explicar por qué algunos grandes dinosaurios podían habitar regiones considerablemente frías. El hallazgo de fósiles en Alaska y otras zonas septentrionales había alimentado desde hace años la sospecha de que ciertos dinosaurios no dependían completamente del calor externo, ya que un metabolismo semejante al de los reptiles actuales habría limitado seriamente su capacidad para sobrevivir en esos ambientes.
Los dientes como termómetro de hace millones de años
La investigación fue posible gracias a una técnica desarrollada durante aproximadamente una década por especialistas de la UCLA. El procedimiento utiliza las relaciones entre isótopos poco frecuentes de carbono y oxígeno conservados en el esmalte dental.
La cantidad de determinados enlaces químicos entre esos isótopos varía según la temperatura existente cuando se formó el tejido: aumentan cuando las temperaturas son más bajas y disminuyen cuando son más elevadas. Esa característica permite reconstruir la temperatura corporal que tenía el animal cuando sus dientes estaban creciendo.
El esmalte ofrece además una ventaja decisiva frente a los huesos. Mientras el tejido óseo puede sufrir procesos de remodelación y alteraciones posteriores, los grandes cristales minerales presentes en el esmalte dental son extraordinariamente resistentes y pueden conservar información química durante decenas de millones de años.
Uno de los principales obstáculos era precisamente la cantidad de fósil que debía destruirse para realizar las mediciones. Los museos son especialmente restrictivos a la hora de autorizar análisis que requieren extraer material de ejemplares únicos.
Durante los últimos diez años, sin embargo, los investigadores consiguieron reducir en cerca de 90% la cantidad de material necesaria. Esto permitió trabajar con pequeños fragmentos procedentes de dos dientes de “Thomas”, uno de los esqueletos de T. rex más completos conservados en el Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles.
Una pequeña muestra para una enorme respuesta
Los científicos emplearon un taladro dental para obtener pequeñas cantidades de esmalte. Posteriormente, el polvo fue disuelto en ácido fosfórico para liberar dióxido de carbono, cuyos enlaces isotópicos fueron analizados mediante espectrometría de masas.
Una modificación técnica permitió además presurizar el gas y producir un flujo de CO2 más denso, haciendo posible obtener mediciones suficientemente precisas utilizando cantidades mucho menores de material fósil.
El procedimiento abre una nueva vía para estudiar otros dinosaurios y animales extinguidos, ya que podría aplicarse a piezas dentales conservadas en colecciones paleontológicas de distintas partes del mundo sin necesidad de destruir cantidades significativas de fósiles.
De reptiles lentos a animales complejos
Durante buena parte del siglo XX predominó la representación de los dinosaurios como enormes reptiles lentos, de movimientos pesados y estrechamente dependientes de la temperatura exterior. Esa interpretación comenzó a modificarse con el denominado “renacimiento de los dinosaurios”, iniciado en la segunda mitad del siglo pasado.
Desde entonces, sucesivos descubrimientos han mostrado que numerosas especies tenían comportamientos y características fisiológicas mucho más complejas. El hallazgo de dinosaurios emplumados, las investigaciones sobre su crecimiento óseo y la estrecha relación evolutiva entre terópodos y aves han reforzado esa transformación.
También se han encontrado evidencias de dinosaurios que construían nidos, protegían sus huevos y posiblemente desarrollaban conductas sociales. Paralelamente, estudios metabólicos han planteado que distintas especies pudieron ocupar posiciones intermedias entre la ectotermia típica de muchos reptiles y la endotermia característica de aves y mamíferos.
La nueva medición agrega ahora un dato concreto a ese debate: el Tyrannosaurus rex mantenía una temperatura corporal cercana a los 36 °C.
El resultado no convierte al T. rex en un mamífero ni elimina sus características reptilianas. Seguía siendo un animal que ponía huevos y pertenecía a un linaje de dinosaurios terópodos. Pero su metabolismo habría sido suficientemente elevado como para mantener una actividad intensa y expandirse hacia regiones donde un gran reptil estrictamente dependiente de la temperatura ambiental habría tenido dificultades para sobrevivir.
La investigación refuerza así la imagen contemporánea del T. rex: no la de un gigantesco reptil inmóvil esperando calentarse bajo el sol, sino la de un animal fisiológicamente activo que podía desplazarse, alimentarse y sobrevivir bajo condiciones ambientales muy distintas a las que durante décadas se le atribuyeron.
La entrada Análisis de dientes revela que el T. rex tenía sangre caliente y una temperatura similar a la humana se publicó primero en El Periodista.

