
Los grandes incendios forestales que golpean cada vez con mayor intensidad distintas regiones del planeta no constituyen únicamente una consecuencia del cambio climático. Son parte de una transformación mucho más profunda de la Tierra provocada por la acción humana y, especialmente, por el uso masivo de combustibles fósiles.
Así lo plantea Stephen J. Pyne, historiador ambiental estadounidense, profesor emérito de la Universidad Estatal de Arizona y uno de los principales especialistas mundiales en la historia del fuego, en una entrevista publicada por el diario español El Mundo.
Pyne sostiene que la humanidad ha entrado en una nueva época geológica y ambiental que denomina Piroceno, una “Edad de Fuego” caracterizada por incendios de dimensiones y comportamientos que desbordan los patrones históricos.
“Estamos creando el equivalente ígneo de una glaciación”, afirma el investigador, quien compara la magnitud de la transformación actual con las grandes Edades de Hielo del Pleistoceno.
Según Pyne, los seres humanos aprendieron hace miles de años no solamente a utilizar el fuego, sino también a conservarlo, transportarlo y emplearlo para transformar los ecosistemas. El salto decisivo se produjo, sin embargo, con la industrialización.
El fuego dejó entonces de limitarse a la combustión de biomasa y pasó a alimentarse masivamente de carbón, petróleo y gas, combustibles que habían permanecido almacenados durante millones de años bajo tierra.
Ese proceso, explica, está alterando simultáneamente la atmósfera, los océanos, el clima y los propios paisajes donde posteriormente se producen los incendios.
Incendios capaces de crear su propio clima
Una de las características de esta nueva etapa es la aparición de incendios de una intensidad extraordinaria, capaces incluso de modificar las condiciones meteorológicas a su alrededor.
Pyne explica que determinados megaincendios pueden generar columnas convectivas que ascienden hasta la estratósfera, donde dejan rastros de humo que pueden permanecer durante meses.
El resultado es un fenómeno que se retroalimenta: el calentamiento global favorece condiciones más propicias para incendios extremos y esos incendios, a su vez, modifican el territorio y liberan enormes cantidades de carbono.
Para el investigador, por eso resulta insuficiente explicar los grandes incendios solamente por el cambio climático. También intervienen el abandono de los territorios rurales, la acumulación de combustible vegetal y las modificaciones introducidas durante décadas en los ecosistemas.
El caso español resulta particularmente ilustrativo. Pyne señala que el abandono rural ha permitido que extensas superficies vuelvan a cubrirse de vegetación, mientras actividades tradicionales que históricamente reducían combustible han desaparecido.
El paisaje queda así cargado de material capaz de arder cuando coinciden sequía, altas temperaturas y viento.
“No podemos limitarnos a combatir el fuego”
Uno de los planteamientos centrales de Pyne es que la respuesta tradicional basada fundamentalmente en extinguir incendios llegó a sus límites.
El especialista advierte que aumentar permanentemente los recursos de emergencia no resolverá por sí mismo el problema.
La tecnología puede mejorar, los aviones pueden ser mayores y las brigadas más numerosas, pero existen incendios cuya intensidad hace imposible atacarlos directamente.
“Fuera de la vista, fuera de la mente”, señala al describir una sociedad que ha delegado crecientemente el problema del fuego en especialistas, mientras pierde conocimientos sobre cómo convivir con él.
La paradoja, explica, es que suprimir todos los incendios puede aumentar el peligro futuro. Al impedir sistemáticamente la presencia del fuego, se acumula biomasa que posteriormente puede alimentar incendios mucho más destructivos.
De ahí que proponga pasar de una política centrada exclusivamente en la extinción a otra basada en la gestión integral del territorio.
Recuperar el fuego para evitar incendios catastróficos
La tesis puede parecer contradictoria: para reducir los grandes incendios será necesario, en determinados lugares, utilizar más fuego y no menos.
Se trata del empleo planificado de quemas prescritas y otras técnicas de manejo destinadas a reducir la cantidad de combustible disponible antes de que llegue un incendio incontrolable.
Pyne sostiene que durante milenios las sociedades utilizaron el fuego como una herramienta para administrar el paisaje. La modernidad industrial, en cambio, intentó expulsarlo del territorio y sustituirlo por combustibles fósiles.
Ese modelo, a su juicio, terminó generando un doble desequilibrio: por una parte, paisajes con exceso de biomasa susceptible de arder y, por otra, una atmósfera calentada por la combustión masiva de carbón, petróleo y gas.
Cuando ambos factores coinciden, aparecen las condiciones para incendios de enorme intensidad.
El desafío consiste entonces en recuperar formas de manejo territorial que permitan reducir esa acumulación de combustible mediante quemas controladas, pastoreo, agricultura y otras intervenciones.
Una transformación planetaria
La idea del Piroceno pretende ir más allá de una metáfora. Pyne sostiene que el fuego está modificando el planeta de una manera comparable a como lo hicieron los hielos durante las glaciaciones.
En las Edades de Hielo, las grandes masas glaciares transformaron suelos, desplazaron especies, alteraron ecosistemas y reorganizaron el paisaje. En la época actual, argumenta, los seres humanos están provocando una transformación planetaria mediante diferentes formas de combustión.
La diferencia fundamental es que esta vez el agente geológico es la propia humanidad.
El investigador plantea incluso una interrogante incómoda: si la civilización industrial ha sido capaz de producir esta transformación, ¿qué herramienta permitió hacerlo?
Su respuesta apunta directamente a la combustión.
El ciudadano contemporáneo puede pasar semanas sin encender personalmente una llama, pero vive rodeado de los efectos del fuego: electricidad, transporte, producción industrial, calefacción y buena parte de la infraestructura moderna dependen directa o indirectamente de procesos de combustión.
Un problema especialmente relevante para Chile
Aunque la entrevista de El Mundo se concentra particularmente en Europa y España, el diagnóstico de Pyne resulta pertinente para países que enfrentan temporadas recurrentes de incendios forestales.
Su argumento central obliga a ampliar la discusión: los incendios extremos no pueden abordarse exclusivamente como emergencias que comienzan cuando aparecen las llamas.
La prevención requiere intervenir antes sobre el territorio, reducir combustible, administrar la interfaz entre zonas habitadas y vegetación y recuperar herramientas de manejo capaces de disminuir la intensidad potencial de los incendios.
Pyne advierte que tampoco existe una solución única aplicable a todos los territorios. Cada paisaje tiene características ecológicas, climáticas y sociales diferentes y requiere estrategias específicas.
El Piroceno, en definitiva, no significa que cada vez vaya necesariamente a arder una superficie mayor de la Tierra. El problema es más complejo: algunos territorios pueden sufrir incendios excesivos mientras otros padecen una ausencia artificial de fuego que permite acumular combustible hasta que finalmente se produce una catástrofe.
La conclusión del historiador es que la humanidad deberá aprender nuevamente a convivir con el fuego, en lugar de aspirar simplemente a eliminarlo. Porque después de haber utilizado la combustión para transformar el planeta, el desafío del siglo XXI será evitar que esa transformación termine escapando completamente de nuestro control.
La entrada Stephen Pyne advierte que el planeta entró en una “Edad de Fuego”: “Estamos creando el equivalente ígneo de una glaciación” se publicó primero en El Periodista.

