
A primera vista, la Iglesia Morava de Black Rock, en Tobago (en la foto), puede parecer simplemente uno más de los pequeños templos históricos que sobreviven en las islas del Caribe. Pero basta conocer su historia para que inevitablemente surja una comparación con otro territorio insular situado miles de kilómetros al sur: el archipiélago de Chiloé, en Chile.
En ambos lugares, la madera fue mucho más que un material disponible. Se convirtió en una manera de construir comunidad, religiosidad e identidad en territorios separados de los grandes centros políticos y económicos.
La Iglesia Morava de Black Rock está ubicada junto a Shirvan Road, en Tobago, y sus antecedentes se remontan a la llegada del primer misionero moravo a la isla, el 11 de julio de 1784.
De acuerdo con la información histórica exhibida en el lugar, el gobernador John Hamilton invitó entonces al ministro religioso a evangelizar a la población esclavizada. El propósito no era exclusivamente espiritual: la religión era vista también como una herramienta para promover la obediencia y ejercer mayor control sobre las personas sometidas a esclavitud.
Esa dimensión convierte a Black Rock en un testimonio de las contradicciones de la historia colonial caribeña.
Una iglesia de madera nacida del entorno
El edificio actual fue terminado e inaugurado en 1869.
Fue levantado con una estructura de madera y utilizó tejuelas del mismo material en el techo y las paredes, una solución habitual en la época debido a la disponibilidad local de estos recursos.
Black Rock fue la sexta iglesia morava construida en Tobago.
Con el paso de los años, el templo adquirió una importancia que fue mucho más allá de los servicios religiosos. Durante los fines de semana funcionaba como iglesia y durante la semana servía como escuela. Su salón comunitario era utilizado además para matrimonios, celebraciones y reuniones de los habitantes del sector.
La experiencia morava tuvo, por tanto, una doble dimensión. Si originalmente estuvo relacionada con la evangelización de las personas esclavizadas, posteriormente también contribuyó a crear oportunidades educativas en comunidades que tenían un acceso limitado a la enseñanza.
El sistema escolar desarrollado por los moravos continúa teniendo presencia en la red educativa de la isla.
El paralelo con Chiloé
Para un visitante chileno, observar una iglesia de madera levantada en una isla americana y profundamente integrada en la vida comunitaria conduce casi naturalmente hasta Chiloé.
El archipiélago del sur de Chile conserva cerca de 70 iglesias construidas en el contexto de la llamada Misión Circular, sistema desarrollado por los jesuitas desde el siglo XVII y posteriormente continuado y enriquecido por los franciscanos.
Dieciséis de estos templos fueron incorporados en 2000 a la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco: Achao, Quinchao, Castro, Rilán, Nercón, Aldachildo, Ichuac, Detif, Vilupulli, Chonchi, Tenaún, Colo, San Juan, Dalcahue, Chellín y Caguach.
La Unesco considera las iglesias chilotas un ejemplo excepcional de la fusión entre las tradiciones culturales europeas e indígenas y una expresión singular de arquitectura religiosa en madera.
Y allí aparece la primera gran coincidencia con Tobago.
Tanto en Black Rock como en Chiloé, quienes construyeron los templos tuvieron que abandonar, en la práctica, el modelo monumental de piedra de las iglesias europeas y adaptarse a los materiales que ofrecían las islas.
La respuesta fue la madera.
Arquitectura adaptada a la insularidad
Pero Chiloé llevó esa adaptación mucho más lejos.
Los constructores locales desarrollaron una auténtica escuela arquitectónica. Agricultores, pescadores, marineros y carpinteros aplicaron conocimientos adquiridos en la construcción naval a los templos.
Las iglesias adquirieron una configuración reconocible: fachada con torre, planta basilical, cielos abovedados, entramados de madera y sofisticados sistemas de ensamblaje.
Su emplazamiento tampoco fue casual. Muchas se construyeron en puntos elevados y orientados hacia el mar, de manera que fueran visibles para quienes navegaban entre las islas. Las explanadas situadas frente a ellas servían como punto de encuentro entre el templo, la comunidad y el océano.
Black Rock es arquitectónicamente más sencilla, pero responde a una lógica semejante: construir con los materiales disponibles y convertir el edificio religioso en una extensión natural de la comunidad.
Dos evangelizaciones muy distintas
La comparación, sin embargo, tiene un límite histórico fundamental.
En Tobago, la información disponible en la propia iglesia recuerda explícitamente que los primeros misioneros moravos fueron convocados para trabajar entre la población esclavizada y que la evangelización también estaba vinculada a una lógica de disciplina y control.
En Chiloé no existió esa misma estructura esclavista.
La evangelización jesuita se desarrolló principalmente entre poblaciones indígenas y mestizas distribuidas por numerosas islas. Debido a las grandes distancias y dificultades de navegación, los religiosos establecieron un sistema itinerante: recorrían anualmente el archipiélago, permaneciendo algunos días en cada localidad, mientras personas de las propias comunidades mantenían durante el resto del año la vida religiosa local.
Con el tiempo surgió una cultura religiosa mestiza que incorporó elementos indígenas y europeos y que continúa expresándose en fiestas patronales, procesiones, mingas y otras prácticas comunitarias.
Esa persistencia cultural constituye uno de los principales motivos por los cuales las iglesias fueron reconocidas como Patrimonio Mundial.
Iglesias que eran mucho más que iglesias
Probablemente la coincidencia más significativa entre ambos territorios no sea arquitectónica, sino social.
Black Rock funcionaba como templo, escuela, salón matrimonial y lugar de reunión.
En Chiloé, las iglesias tampoco fueron únicamente espacios donde asistir a misa.
Las comunidades participaron directamente de su construcción, reparación y conservación. Las explanadas y templos se transformaron en escenarios de fiestas religiosas y reuniones colectivas, mientras la tradicional minga consolidaba una forma comunitaria de trabajo que todavía forma parte del patrimonio intangible del archipiélago.
En lugares aislados, donde el Estado estaba distante y las comunicaciones eran difíciles, la iglesia terminó desempeñando funciones que excedían ampliamente la religión.
Era escuela, punto de encuentro, espacio ceremonial y referencia territorial.
Dos extremos de América unidos por la madera
Entre Tobago y Chiloé hay miles de kilómetros, climas diferentes y procesos históricos que no pueden confundirse.
Una pertenece al Caribe tropical; la otra, al frío y lluvioso sur de Chile.
Black Rock forma parte de una historia atravesada por la esclavitud y la presencia de las misiones protestantes moravas.
Las iglesias de Chiloé surgieron de la evangelización católica jesuita y franciscana y de un extraordinario proceso de mestizaje cultural.
Sin embargo, ambas experiencias revelan algo semejante: cuando las religiones europeas llegaron a los territorios insulares de América, tuvieron que transformarse.
Los materiales cambiaron. Las formas arquitectónicas cambiaron. Y las comunidades locales terminaron apropiándose de aquellos edificios hasta convertirlos en algo diferente de aquello que originalmente habían imaginado los misioneros.
En Black Rock, una humilde construcción de madera terminó siendo templo, escuela y centro comunitario.
En Chiloé, ese mismo proceso alcanzó una expresión arquitectónica única que hoy es reconocida mundialmente.
Quizás por eso, frente a la Iglesia Morava de Black Rock, un viajero chileno puede experimentar una extraña familiaridad.
Entre las maderas de Tobago aparece, por un instante, algo del espíritu de Chiloé.
La entrada De Tobago a Chiloé: las iglesias de madera que cuentan la historia de dos mundos insulares se publicó primero en El Periodista.

