
El lugar donde vivimos y los nombres que heredamos cuentan una historia exacta sobre cómo nos relacionamos. Así lo demuestra el estudio Surname affinity in Santiago, Chile: A network-based approach that uncovers urban segregation, liderado por Naim Bro y Marcelo Mendoza, académicos de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI).
Tras analizar los apellidos de más de cuatro millones de residentes de la zona urbana de la Región Metropolitana, este cruce de información permitió medir de forma inédita la distancia social real entre los distintos sectores de la capital, superando la clásica división por nivel socioeconómico.
La investigación arrojó que el sector de mayores ingresos, concentrado principalmente en el nororiente, opera bajo una lógica de aislamiento frente al resto de los habitantes. Al visualizar esta red espacial es posible notar que hacen falta varios saltos para salir de este clúster y conectar con otras zonas. «La élite vive cerca de la ciudad en términos geográficos, pero lejos en términos sociales. Es una burbuja porque las conexiones más probables ocurren dentro del mismo mundo social», sostuvo Naim Bro.
Sin embargo, el documento matiza el mito de la endogamia absoluta. Las comunas más ricas presentan la mayor diversidad de apellidos, donde confluyen familias tradicionales chilenas con ascendencias judías y palestinas. «La élite santiaguina no es homogénea en términos de origen familiar, pero sí está concentrada social y espacialmente», agregó el académico.
Esta distancia tiene repercusiones directas en el sistema democrático. Los datos históricos confirman que los clústeres de apellidos asociados a altos ingresos están sobrerrepresentados en el Congreso. «Cuando quienes ocupan posiciones de poder provienen de redes sociales muy parecidas, la democracia puede perder capacidad de representar experiencias distintas», enfatizó el investigador.
El mapeo urbano también visibilizó con datos duros otra cara de la desigualdad, identificando dos grandes comunidades de apellidos mayoritariamente mapuches asociadas a los niveles socioeconómicos más bajos, las cuales se concentran de forma notoria en los sectores norponiente y sur. «La desigualdad étnica también vive dentro de la metrópolis. Santiago no solo concentra riqueza y oportunidades, también reproduce jerarquías históricas en su propio territorio», añadió Bro.
Frente a estos resultados, los autores plantean que las autoridades y planificadores deben mirar la urbe como una red de separación social. El desafío de las políticas públicas no se limita a construir infraestructura o viviendas, sino a crear instituciones compartidas, como colegios, servicios y espacios públicos que realmente fomenten la mezcla. «El estudio muestra que Santiago no está dividido solo por ingresos, sino también por redes familiares, trayectorias históricas y composición de apellidos. La ciudad parece integrada en el mapa, pero mucho menos integrada en sus relaciones sociales», concluye la investigación.
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