
Pagar en Chile ya se parece mucho más a deslizar un dedo por la pantalla que a sacar la billetera, buscar una tarjeta, marcar una clave y esperar un comprobante.
El dinero se ha ido metiendo en el móvil, en las apps bancarias, en las compras online, en los pagos sin contacto y en esas pequeñas operaciones que antes parecían trámites y ahora casi ocurren sin que uno se detenga demasiado a pensarlas. En medio de ese cambio, las criptomonedas empiezan a aparecer con un tono distinto, menos asociado al vértigo de la inversión y más relacionado con una pregunta bastante concreta, ¿qué ocurre cuando esos activos digitales empiezan a utilizarse para pagar cosas reales?
Chile ya tiene una base digital que juega a favor
Lo interesante del caso chileno es que el país no necesita convencer al usuario de que pagar digitalmente es útil, porque esa parte del camino ya está bastante avanzada. Según datos recogidos por el Banco Central, las tarjetas concentran más del 70% del consumo de los hogares, especialmente a través del débito, una cifra que ayuda a entender por qué cualquier innovación en pagos tiene más posibilidades de encajar cuando se apoya en hábitos que ya están instalados.
Ese dato no es menor, porque habla de una cultura de pago bastante madura. Cuando una persona ya usa tarjeta, compra por internet, paga con el móvil o recibe transferencias con normalidad, el salto hacia herramientas vinculadas a criptomonedas resulta menos extraño, siempre que la experiencia sea sencilla y no obligue a entender cada detalle técnico que ocurre por detrás.
Además, Chile cuenta con una infraestructura de comercios y tarjetas que permite mirar esta evolución con cierto realismo. En marzo de 2024 había 27,5 millones de tarjetas de pago operativas y más de 580.000 comercios aceptaban pagos digitalizados, según datos del Informe de Sistemas de Pago del Banco Central citados por El País Chile. Esa base hace que hablar de tarjeta cripto, stablecoins o nuevas soluciones de pago no suene a salto al vacío, sino a una ampliación de un ecosistema que ya se mueve con bastante soltura.
Las stablecoins han cambiado el tono del debate
Las criptomonedas han cargado con una imagen demasiado marcada por los gráficos, las subidas fuertes, las caídas bruscas y esa sensación de mercado que vive siempre pendiente del próximo movimientoPor eso, pensar en pagos cotidianos con activos tan volátiles nunca ha sido especialmente fácil. Si el precio cambia demasiado rápido, el usuario duda, el comercio también, y la operación pierde esa sensación de practicidad que cualquier pago necesita.
Las stablecoins han abierto una vía más interesante porque buscan estabilidad, y esa estabilidad permite imaginar usos mucho más pegados al día a día, como pagos digitales, compras online, movimientos internacionales o saldos que el usuario quiere utilizar sin pasar por demasiadas conversiones. Por eso resulta importante que el Banco Central quiera preparar una propuesta regulatoria sobre este tipo de activos, ya que el debate deja de estar centrado únicamente en la especulación y empieza a moverse hacia una cuestión mucho más práctica.
En Chile, donde las tarjetas y transferencias ya tienen un uso frecuente, las stablecoins no llegan para sustituirlo todo, ni falta que hace. Su atractivo está más bien en añadir flexibilidad, sobre todo para personas que compran en servicios internacionales, reciben pagos del exterior o ya tienen criptomonedas y quieren usarlas sin convertir cada movimiento en un proceso largo.
Regular puede ayudar a que la innovación respire mejor
En pagos, la confianza pesa muchísimo, porque nadie quiere improvisación cuando se trata de su dinero. Por eso la regulación, bien planteada, puede funcionar más como impulso que como freno, siempre que aporte claridad y no ahogue a las empresas que están intentando crear soluciones útiles.
Chile ya tiene un marco relevante con la Ley Fintec, publicada en 2023, que define los criptoactivos como una representación digital de unidades de valor, bienes o servicios, con excepción del dinero, que pueden transferirse, almacenarse o intercambiarse digitalmente. Ese matiz importa, porque ordena la conversación: las criptomonedas no son dinero tradicional, pero sí forman parte de un ecosistema financiero que necesita reglas, supervisión y criterios claros.
Para el usuario, esa claridad puede traducirse en más confianza. Para las empresas, en un marco más estable para desarrollar productos. Para los comercios, en menos dudas a la hora de evaluar nuevos métodos de pago. Y para el país, en una oportunidad de colocarse en una posición interesante dentro de América Latina, donde la innovación financiera avanza rápido, pero no siempre con el mismo nivel de orden.
Una transición discreta, pero con mucho recorrido
La nueva etapa de los pagos cripto en Chile probablemente no llegue con un cambio brusco ni con una adopción masiva de un día para otro. Lo más razonable es imaginar una entrada progresiva, primero entre quienes ya tienen activos digitales, después entre quienes buscan más flexibilidad para pagar o mover dinero y, poco a poco, entre usuarios que quizá no quieren saber demasiado de blockchain, pero sí valoran tener más opciones.
Ese puede ser precisamente el punto fuerte del mercado chileno. Hay una base digital asentada, un regulador que ya mira las stablecoins con atención, una red de pagos muy extendida y nuevas herramientas que intentan convertir las criptomonedas en algo más práctico.
Por eso, Chile se prepara para una etapa en la que las criptomonedas pueden dejar de verse únicamente como inversión o reserva digital y empezar a ocupar un lugar más cercano, más útil y más integrado en los pagos del día a día.
La entrada Chile mira hacia los pagos cripto mientras el dinero se vuelve cada vez más digital se publicó primero en El Periodista.

